Recientemente,
España ha anunciado su deseo de potenciar las relaciones con Rusia en un amplio abanico de cuestiones, pero sobre todo las económicas, especialmente en ámbitos como el turismo o la energía.
De entrada, es algo loable: se puede relanzar el sector turístico
-ya de por sí pujante- entre el público ruso. Y en el ámbito de la
energía, un sector en el que España se caracteriza por una acusada
dependencia energética del exterior, la postura del Ministerio es
una buena noticia.
Sin embargo, el Gobierno español podría, como ya han hecho otros,
aprovechar la ocasión para denunciar ante el ejecutivo ruso la
persecución hacia la población homosexual por parte de las
autoridades chechenas. Según diversos medios y ONGs, se está
sometiendo a esta población a una persecución vergonzosa, en la que
se arresta y tortura, impunemente, a hombres gays o “sospechosos de
serlo”. Gobiernos como el alemán o el francés, así como la
Cámara de los Comunes británica ya han condenado los hechos e
instado al Kremlin a investigar tal atropello a los Derechos Humanos
más básicos.
Y es que una
política exterior no puede guiarse sólo por los intereses
económicos: también por valores que debemos defender, dentro y
fuera de nuestras fronteras, y que no pueden constituir moneda de
cambio alguna.
En
la actualidad, estamos viviendo un cambio de paradigma en el que no
podemos permanecer impasibles. Mientras EEUU parece renunciar a su
papel de hegemon que le caracterizaba tras la Guerra Fría, una ola
de cinismo, nacionalismo, proteccionismo y ultraconservadurismo ha
recorrido el globo, desde Rusia, pasando por Turquía, algunos países
del Este de Europa (Hungría, Polonia), hasta atravesar el Reino
Unido postbrexit y dar de lleno en el corazón de Washington. En
medio de tan sombrío panorama, se encuentra una UE que, tras perder
a uno de sus principales pesos pesados, ha de rearmar su discurso.
Pues, al tiempo que no puede contar con los EEUU, uno de sus aliados
tradicionales, se ve sometida a los intentos del Kremlin de ejercer
su influencia en las políticas internas de los Estados europeos, a
los peligros del terrorismo alimentados por una interpretación
reaccionaria del Islam; a las dificultades de, en definitiva,
apuntalar el edificio en construcción en mitad de un temporal
inclemente.
Es
en el ámbito de la política exterior donde podemos, especialmente,
poner en práctica nuestros principios. Como recordaba el profesor
Núñez Villaverde, “debe existir una coherencia entre nuestros
valores y nuestras acciones”, entre lo que los Gobiernos defienden
dentro de nuestras fronteras, y lo que manifiestan fuera de ellas.
Dicha coherencia puede ponerse de manifiesto, de entrada, alejándonos
de esta corriente que por lo cínica, simplista y maniquea resulta
hasta fácil de abrazar, y que se resume en lo siguiente: el mundo es
un lugar peligroso, en el que cada actor busca su propio beneficio,
incluso por encima de sus principios, sin que exista una “comunidad
internacional” como tal. Esta idea, que con
palabras similares plasmaron en el Wall Street Journal McMaster y
Cohn -asesores de la Administración Trump- supone dar un cheque en
blanco a una visión regresiva y, si lo llevamos al extremo, hasta
darwinista, de lo que implican las relaciones exteriores de un Estado
de Derecho. El paradigma wilsoniano, que abanderaba teóricamente la
lucha por los derechos humanos en la acción exterior, es sustituido
por otro, si queremos, maquiavélico, en el que sólo importa la
“razón de Estado”. Esto es lo que el 'America first', por encima
de la defensa de los derechos humanos, de la lucha contra en cambio
climático, o del comercio internacional entre otros ámbitos, parece
encerrar.
Europa
no puede caer en tales concepciones. Nuestro continente ha decidido
abrazar unos principios, recogidos en diversos Tratados vigentes, que
son (o deberían ser) innegociables.
Quizás,
en un exceso de autoconfianza o de ingenuidad, hemos dado por
conquistados tales principios. Pero es precisamente, cuando están
amenazados, cuando debemos defenderlos y plasmarlos en las agendas
políticas. En los últimos años, como recuerda Tony Judt, una
tendencia “antiideológica” parece haber cedido en aras del
pragmatismo, cuando no del relativismo (“todo vale”). No se trata
de rechazar de pleno estos últimos o de enarbolar la politización
absoluta de la cosa pública, y menos de establecer unos “valores
inmutables” blindados a toda crítica, pero sí de admitir que
existen valores inherentes a cualquier sociedad que se precie
civilizada (sea “occidental” o no). Probablemente sea necesario,
al fortalecer el relato europeísta, una repolitización...pero esto es ya para otro artículo.
Volviendo
al papel de los principios que comentábamos antes, no pueden ponerse
sobre la mesa y supeditarlos a intereses monetarios, como si de una
vulgar partida de póker se tratara, principios como la dignidad de
las personas, la seguridad, la igualdad entre hombres y mujeres, la
defensa de la igualdad de oportunidades o el libre desarrollo de las
personas al margen de su credo religioso, orientación sexual, etc.
Y es que, en
el momento en que un acuerdo de suministro de material militar (p.
ej, con Arabia Saudí) pesa más que la seguridad de quienes pueden
verse amenazados por el DAESH; que construir un gaseoducto con Rusia
supone callar ante los abusos a los DDHH que el país efectúa; o que
el establecimiento de empresas en China implica canjear beneficios
económicos por derechos laborales básicos, estamos admitiendo que los principios
cuentan, pero hasta cierto punto. Si bien sería iluso afirmar que
los principios no pueden admitir gradaciones (pues algunos, como la
dignidad o la igualdad, pueden ser más importantes que otros), y que
debe existir, con matices, una proporcionalidad entre medios y fines,
en ningún caso un Estado de Derecho puede abrazar la máxima de que
“el fin justifica los medios”.
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