Europa parecía haber olvidado el horror de la guerra y de sus inmediatas consecuencias hasta 1995. Hace apenas 19 años, en la localidad bosnia de Srebrenica, fuerzas del ejército de la República Sprska (serbobosnios) al mando del general Radko Mladic cometieron el considerado como el mayor crimen de guerra (y por el Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia, de genocidio) después de la Segunda Guerra Mundial.
Para
ponernos en situación, debemos remontarnos a comienzos de los 90,
momento en el que el derrumbe del Muro de Berlín y el desplome del
comunismo coinciden con las tensiones que afloran en Yugoslavia.
Tras la muerte del dictador Josip Broz ('Tito') en 1980, quien con
una mezcla de mano de hierro y habilidad política había conseguido
mantener la unidad del país, la grave crisis económica que la
región atravesaba y el resurgir de un nacionalismo reprimido durante
décadas desembocaron en una sangrienta guerra civil tras la
independencia de Eslovenia y Croacia a mediados de 1991. Macedonia y
Bosnia-Herzegovina seguirían esta senda bajo la mirada atónita del
ultranacionalista serbio Slovodan Milosevic, defensor del ideal de la
'Gran Serbia' (expansión del territorio serbio y defensa de las
minorías serbias creando 'pequeños Estados serbios' en las otras
repúblicas) y quien resucitaría, junto con líderes nacionalistas
(croatas, bosnios, etc, de las otras regiones, los peores fantasmas
de sus turbulentos pasados.
Es cierto que cualquier conflicto bélico es caldo de cultivo perfecto para el nacionalismo más exacerbado, pero la Guerra de los Balcanes (1991 -1995) recordó a la Europa moderna el daño que décadas de resentimiento y odio pueden infligir a una sociedad entera. Ejemplos como el sitio de Sarajevo (abril de 1992 - febrero de 1996, el más largo desde Stalingrado en 1942) o el incendio (provocado) de su recientemente restaurada Biblioteca Nacional ya daban buena muestra de ello, pero el episodio de Srebrenica merece un punto y aparte en el libro de vergüenzas de un mundo que se presume civilizado.
Las instrucciones del presidente de la República Sprska, Radovan Karadcic al ejército de la misma en marzo de 1995 ya dejaban entrever lo que sucedería pocos meses después:
"Completar la separación física entre Srebrenica y Žepa tan pronto como sea posible,[...]Crear, mediante operaciones de combate bien planificadas, una situación de inseguridad tal, que no haya esperanza de supervivencia de vida alguna para los habitantes de Srebrenica’’
En julio de ese mismo año, el general Mladic, (el conocido como 'carnicero de los Balcanes' materializó una operación que, bajo la inoperancia de los cascos azules holandeses y de los responsables de la ONU, que habían calificado la zona como "segura" y prometían no abandonar jamás a la población bosnia de la ciudad, se traduciría en la muerte de miles de personas inocentes. Mladic fue tajante. Un día antes, arengó a sus tropas con un discurso en el que pedía "la venganza contra los turcos". El resentimiento de siglos de Historia, jalonados por las invasiones otomanas, condensado en una sola frase y en la inenarrable acción que la proseguiría.
En la actualidad, tanto Mladic como Karadzic están siendo juzgados por el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia, en un proceso que es la esperanza para las miles de víctimas no sólo de los supervivientes (como las 'Madres de Srbrenica') sino también para los Estados civilizados a los que les gustaría, espero, ver como dichas instituciones funcionan dando un atisbo de legitimidad que quizás necesitan especialmente desde la cuestionable decisión sobre la independencia de Kosovo en 2010 (eso, para otro artículo) Es cierto que en conflictos como éste es difícil delimitar responsabilidades, pues ni los serbios, ni los bosnios o croatas están exentos de culpa y pueden erigirse como garantes únicos de los ideales democráticos (sobre todo, en una guerra civil que fue un choque de nacionalismos)
Un buen paso lo dio el pasado 17 de julio un Tribunal holandés responsabilizando al Estado por la actuación (entre la 'comisión por omisión' y la cesión a las presiones serbias) de sus 'cascos azules', quienes consideraba deberían haber protegido a los habitantes (fundamentalmente, a los varones musulmanes) en lugar de colaborar con su deportación aun visualizando su fatal destino. Por esta cuestión ya dimitió el Gobierno neerlandés en 2002 al ser señalado por una investigación al respecto como responsable moral -aunque no exclusivamente claro está- del genocidio. La reciente sentencia condena al Estado a indemnizar a las familias de las víctimas, aunque a algunos les haya parecido insuficiente tanto en su dotación como a la hora de apreciar la responsabilidad de Holanda 'sólo' sobre una lista de víctimas que podría ser más grande.
Por otra parte, quizás resulte cómodo hablar desde "fuera" sobre estos temas tan espinosos y atribuirse el rol de juez en un caso tan sensible y complicado como éste. Hasta la conmemoración de los actos del centenario de la I Guerra Mundial el pasado junio resultó problemática en algunos sectores de la sociedad serbia o en la bosnia. Aún nos queda mucho por comprender sobre esa región, pero podemos empezar por que se termine de hacer justicia con los responsables de tales crímenes cualquiera que fuese su 'bando'. Holanda parece haber avanzado en la buena dirección.
JFR

