A
veces las comparaciones con la literatura y la realidad salen solas
con simplemente echar un vistazo al mundo. A un mundo que cambia
constantemente, a pesar de que algunos se resistan a tal fenómeno; y
es ahí donde encuentro la comparación con una famosa novela de los
años 50: 'El Gatopardo' de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La obra,
que fue adaptada el cine por Luchino Visconti en una película que es
hoy uno de los clásicos del cine europeo, la protagoniza el Príncipe
de Salina, perteneciente a la rancia aristocracia de la Sicilia
anterior a la reunificación italiana. El Príncipe -en la película
interpretado por Burt Lancaster- se enfrenta, junto con los 'poderes
fácticos' de la época -léase la Iglesia, los terratenientes- a una
realidad que cambia de forma imparable y la que no les queda otra que
amoldarse: la entrada de los 'camisas rojas' de Garibaldi en la
escena política, el auge de una burguesía liberal y comerciante, el
nacimiento de la Italia moderna... Salvando
las distancias, el mundo que nos deja 2014 sigue a veces unos esquemas parecidos.
Un ejemplo se ve fácilmente a nivel nacional, en un panorama político
en el que el bipartidismo hace aguas, inundado por la corrupción, el
desencanto de los ciudadanos y el escepticismo hacia la política que
recorre Europa. La España de las películas de García Berlanga,
cutre, atrasada y pobre, reflejada en las corruptelas de
representantes públicos sin escrúpulos, a quienes no importa
desviar en su propio beneficio fondos de la Unión Europea o tejer
tramas mafiosas en torno comisiones procedentes de recalificaciones
ilegales, defraudar masivamente a Hacienda mientras los impuestos
sangran a las clases medias, crear fundaciones que, bajo el falso fin
de la ayuda humanitaria, son una tapadera para la ilegalidad -caso Nóos-. La
España de la picaresca y del “somos así”, como si tal argumento
sirviese de eximente y justificante para cualquier acción por
reprobable que aquella fuese.
Sin
embargo, y siendo optimistas, podríamos argumentar que el estado de
la economía empieza a mejorar -aunque sea en sus cifras
macroeconómicas-, que la clase política parece haberse puesto firme
con los escándalos de corrupción -quizás a fuerza de leer las
encuestas del CIS donde tal tema estaba entre los que más
preocupaban a la ciudadanía-, o que los españoles hemos agudizado
nuestro sentido crítico, pasando del tradicional pasotismo a
preocuparnos cada vez más por la política (¿aún queda alguien que
se siga definiendo como “apolítico”?) En este sentido, la irrupción de
movimientos como Podemos, al margen de que se compartan o no sus
propuestas, han supuesto indudablemente todo un revulsivo que
garantizará un 2015 interesante al menos desde el punto de vista del
debate político y que harán a los partidos del 'establishment'
ponerse las pilas.
En 2014 hemos visto cómo surgían o cobraban fuerza movimientos políticos
que, a lo largo de Europa y desde posiciones muy diferentes, plantean
profundas críticas a la democracia representativa, al capitalismo,
la globalización o hacia el mismo proyecto europeo, identificando a
un “pueblo” enfrentado a una “élite” o “casta”
gobernantes. Algunos se aferran con nostalgia a la idea de comunidad
para denunciar la supuesta intrusión de Europa en sus vidas y una
globalización que consideran amenaza sus identidades nacionales;
otros plantean alternativas al libre mercado alertando de sus excesos
mientras defienden modelos políticos que a veces rozan la utopía. Y
otros (Rusia, Hungría) cargan contra la democracia liberal -abogando
por un 'repliegue nacional' en lo político y lo económico- o
directamente 'pasan' de cambiar sus anquilosadas estructuras
políticas -China-. En un editorial reciente el director de 'The
Economist', John Micklethwait, pronosticaba cómo el desencanto
respecto al sistema democrático en los 'países occidentales' será
uno de los retos a afrontar en 2015.
Siguiendo con Europa, también el Príncipe de Salina está presente, a su manera, en un
conflicto que nos ha trasladado a otras épocas: la invasión por
parte de “fuerzas pro-rusas”(?) a regiones del este de Ucrania,
como parte de un plan del Gobierno Putin para desestabilizar el país.
No sólo por los actores involucrados, sino también por el papel que
ha tenido la propaganda y la retórica de los Gobiernos
-especialmente el ruso y el ucranio- para justificar sus posiciones.
Asociar la Rusia de Putin a la nostalgia que algunos pudieran sentir
por la URSS o comparar a los opositores ucranios con
colaboracionistas pro-nazis en la II Guerra Mundial son buena muestra
del importante papel que sigue jugando la manipulación política. El
discurso de 'donde alguien se sienta nacional de X, allí estará el
país X' sigue calando en millones de personas. En sintonía con esta
idea cabe citar el repunte de los nacionalismos, ya sea en forma de
referendos sobre la independencia de territorios o bien como esa
vieja arma política que, yendo a la fibra sensible del espectador,
adereza tan bien algunos discursos populistas.
También
relacionado con el poder de la propaganda está el surgimiento del DAESH (el
autodenominado 'Estado Islámico') uno de los acontecimientos que nos
deja este 2014 y que muestra, no sólo hasta dónde puede llegar el
fanatismo religioso de una moderna (?) horda de Gengis Khan, sino
también la fuerza de la propaganda al servicio de los más
despiadados métodos y el uso del terror como brutal arma psicológica
contra quienes consideren 'enemigos'.
Dejando
ya los conflictos, este año nos evoca también hechos históricos
como el reestablecimiento de relaciones diplomáticas entre los EEUU
y Cuba después de décadas de mutua desconfianza, un paso que
algunos señalan como precedente al fin de un injusto bloqueo cuyos
efectos acaba padeciendo la población cubana en lugar de sus
octogenarios dirigentes. Este último paso está en manos de un
Congreso hoy copado por el Partido Republicano y con el que Obama
tendrá, bien que recurrir al 'decretazo' para gobernar, o bien
pactando en cuestiones clave. Una de ellas, el proyecto para un
Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones entre los EEUU y la
UE, un ambicioso tratado que aspira a crear la mayor zona de libre
comercio del planeta y que aún está en fase de negociaciones. Otra,
el cierre de la prisión ilegal de Guantánamo, en medio de la
controversia sobre los usos de la tortura por parte de la CIA que nos
recuerda a esa 'razón de Estado' tan peligrosa como perjudicial para
un país que presume de respetar celosamente los derechos
individuales...
Como
vemos, el mundo cambia constantemente, pero a veces parece que todo
sigue igual. Este año se celebró el 25 aniversario de la caída
del Muro de Berlín. Un hecho que nadie se esperaba y supuso el fin
de décadas de cruda Guerra Fría con el posterior desmantelamiento
de la URSS. Con el Muro caía también el comunismo soviético,
enfangado en su propia ineficacia, corrupción e incapacidad para
adaptarse a las exigencias del presente; algunos, como el historiador
Francis Fukuyama presagiaron que aquél era 'el fin de la Historia',
momento en el que las viejas ideologías habrían muerto y sólo la
democracia liberal sería la imperante. La práctica nos demuestra,
no obstante, cómo en la actualidad esa teoría hace aguas.
Sobre la caída del Muro de la Vergüenza me llamó la atención un
artículo publicado en 'El País' el mismo 9 de noviembre por el
analista Timothy Garton Ash en el que hacía alusión al papel de las
nuevas generaciones como motores de cambio de la sociedad actual. En
palabras de Garton Ash:
“sus
-nuestras-acciones (o su -nuestra- pasividad) condicionarán la
interpretación de la caída del Muro cuando se cumpla el 50º
aniversario. De ellos depende el futuro de nuestro pasado”. Ya no
sirve el “que todo cambie para que todo siga igual” que le decían
al Príncipe de Salina. Hoy el debate es hacia dónde reformamos el
presente. Nos toca pues.