lunes, 29 de diciembre de 2014

2014 y el Príncipe de Salina

      A veces las comparaciones con la literatura y la realidad salen solas con simplemente echar un vistazo al mundo. A un mundo que cambia constantemente, a pesar de que algunos se resistan a tal fenómeno; y es ahí donde encuentro la comparación con una famosa novela de los años 50: 'El Gatopardo' de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La obra, que fue adaptada el cine por Luchino Visconti en una película que es hoy uno de los clásicos del cine europeo, la protagoniza el Príncipe de Salina, perteneciente a la rancia aristocracia de la Sicilia anterior a la reunificación italiana. El Príncipe -en la película interpretado por Burt Lancaster- se enfrenta, junto con los 'poderes fácticos' de la época -léase la Iglesia, los terratenientes- a una realidad que cambia de forma imparable y la que no les queda otra que amoldarse: la entrada de los 'camisas rojas' de Garibaldi en la escena política, el auge de una burguesía liberal y comerciante, el nacimiento de la Italia moderna... Salvando las distancias, el mundo que nos deja 2014 sigue a veces unos esquemas parecidos.

      Un ejemplo se ve fácilmente a nivel nacional, en un panorama político en el que el bipartidismo hace aguas, inundado por la corrupción, el desencanto de los ciudadanos y el escepticismo hacia la política que recorre Europa. La España de las películas de García Berlanga, cutre, atrasada y pobre, reflejada en las corruptelas de representantes públicos sin escrúpulos, a quienes no importa desviar en su propio beneficio fondos de la Unión Europea o tejer tramas mafiosas en torno comisiones procedentes de recalificaciones ilegales, defraudar masivamente a Hacienda mientras los impuestos sangran a las clases medias, crear fundaciones que, bajo el falso fin de la ayuda humanitaria, son una tapadera para la ilegalidad -caso Nóos-. La España de la picaresca y del “somos así”, como si tal argumento sirviese de eximente y justificante para cualquier acción por reprobable que aquella fuese.

      Sin embargo, y siendo optimistas, podríamos argumentar que el estado de la economía empieza a mejorar -aunque sea en sus cifras macroeconómicas-, que la clase política parece haberse puesto firme con los escándalos de corrupción -quizás a fuerza de leer las encuestas del CIS donde tal tema estaba entre los que más preocupaban a la ciudadanía-, o que los españoles hemos agudizado nuestro sentido crítico, pasando del tradicional pasotismo a preocuparnos cada vez más por la política (¿aún queda alguien que se siga definiendo como “apolítico”?) En este sentido, la irrupción de movimientos como Podemos, al margen de que se compartan o no sus propuestas, han supuesto indudablemente todo un revulsivo que garantizará un 2015 interesante al menos desde el punto de vista del debate político y que harán a los partidos del 'establishment' ponerse las pilas. 

      En 2014 hemos visto cómo surgían o cobraban fuerza movimientos políticos que, a lo largo de Europa y desde posiciones muy diferentes, plantean profundas críticas a la democracia representativa, al capitalismo, la globalización o hacia el mismo proyecto europeo, identificando a un “pueblo” enfrentado a una “élite” o “casta” gobernantes. Algunos se aferran con nostalgia a la idea de comunidad para denunciar la supuesta intrusión de Europa en sus vidas y una globalización que consideran amenaza sus identidades nacionales; otros plantean alternativas al libre mercado alertando de sus excesos mientras defienden modelos políticos que a veces rozan la utopía. Y otros (Rusia, Hungría) cargan contra la democracia liberal -abogando por un 'repliegue nacional' en lo político y lo económico- o directamente 'pasan' de cambiar sus anquilosadas estructuras políticas -China-. En un editorial reciente el director de 'The Economist', John Micklethwait, pronosticaba cómo el desencanto respecto al sistema democrático en los 'países occidentales' será uno de los retos a afrontar en 2015.

      Siguiendo con Europa, también el Príncipe de Salina está presente, a su manera, en un conflicto que nos ha trasladado a otras épocas: la invasión por parte de “fuerzas pro-rusas”(?) a regiones del este de Ucrania, como parte de un plan del Gobierno Putin para desestabilizar el país. No sólo por los actores involucrados, sino también por el papel que ha tenido la propaganda y la retórica de los Gobiernos -especialmente el ruso y el ucranio- para justificar sus posiciones. Asociar la Rusia de Putin a la nostalgia que algunos pudieran sentir por la URSS o comparar a los opositores ucranios con colaboracionistas pro-nazis en la II Guerra Mundial son buena muestra del importante papel que sigue jugando la manipulación política. El discurso de 'donde alguien se sienta nacional de X, allí estará el país X' sigue calando en millones de personas. En sintonía con esta idea cabe citar el repunte de los nacionalismos, ya sea en forma de referendos sobre la independencia de territorios o bien como esa vieja arma política que, yendo a la fibra sensible del espectador, adereza tan bien algunos discursos populistas.

      También relacionado con el poder de la propaganda está el surgimiento del DAESH (el autodenominado 'Estado Islámico') uno de los acontecimientos que nos deja este 2014 y que muestra, no sólo hasta dónde puede llegar el fanatismo religioso de una moderna (?) horda de Gengis Khan, sino también la fuerza de la propaganda al servicio de los más despiadados métodos y el uso del terror como brutal arma psicológica contra quienes consideren 'enemigos'.

      Dejando ya los conflictos, este año nos evoca también hechos históricos como el reestablecimiento de relaciones diplomáticas entre los EEUU y Cuba después de décadas de mutua desconfianza, un paso que algunos señalan como precedente al fin de un injusto bloqueo cuyos efectos acaba padeciendo la población cubana en lugar de sus octogenarios dirigentes. Este último paso está en manos de un Congreso hoy copado por el Partido Republicano y con el que Obama tendrá, bien que recurrir al 'decretazo' para gobernar, o bien pactando en cuestiones clave. Una de ellas, el proyecto para un Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversiones entre los EEUU y la UE, un ambicioso tratado que aspira a crear la mayor zona de libre comercio del planeta y que aún está en fase de negociaciones. Otra, el cierre de la prisión ilegal de Guantánamo, en medio de la controversia sobre los usos de la tortura por parte de la CIA que nos recuerda a esa 'razón de Estado' tan peligrosa como perjudicial para un país que presume de respetar celosamente los derechos individuales...

      Como vemos, el mundo cambia constantemente, pero a veces parece que todo sigue igual. Este año se celebró el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Un hecho que nadie se esperaba y supuso el fin de décadas de cruda Guerra Fría con el posterior desmantelamiento de la URSS. Con el Muro caía también el comunismo soviético, enfangado en su propia ineficacia, corrupción e incapacidad para adaptarse a las exigencias del presente; algunos, como el historiador Francis Fukuyama presagiaron que aquél era 'el fin de la Historia', momento en el que las viejas ideologías habrían muerto y sólo la democracia liberal sería la imperante. La práctica nos demuestra, no obstante, cómo en la actualidad esa teoría hace aguas.

       Sobre la caída del Muro de la Vergüenza me llamó la atención un artículo publicado en 'El País' el mismo 9 de noviembre por el analista Timothy Garton Ash en el que hacía alusión al papel de las nuevas generaciones como motores de cambio de la sociedad actual. En palabras de Garton Ash:sus -nuestras-acciones (o su -nuestra- pasividad) condicionarán la interpretación de la caída del Muro cuando se cumpla el 50º aniversario. De ellos depende el futuro de nuestro pasado”. Ya no sirve el “que todo cambie para que todo siga igual” que le decían al Príncipe de Salina. Hoy el debate es hacia dónde reformamos el presente. Nos toca pues.






sábado, 6 de diciembre de 2014

¿La próxima Ucrania?



      Hablamos de un país casi olvidado para el europeo medio: una pequeña república antaño parte de Rumanía, con quien comparte idioma, sin salida al mar y que se halla entre los países más pobres de Europa: Moldavia. De entrada, no parece un panorama muy positivo. Pero si arañamos un poco más, se trata de un actor interesante a tener en cuenta, no sólo por su particular situación política, sino también en el marco de las relaciones (o más bien, el pulso) que mantienen la UE y Rusia.

      Para empezar, el país sostiene una situación delicada con la región de Transnistria, que es todo un caso de estudio de por sí. La zona, en la frontera con Ucrania y donde aún permanecen tropas rusas, parece haberse mantenido al margen de la caída de la Unión Soviética, tanto política como económicamente. A pesar de haber declarado su independencia, se considera legalmente como parte de Moldavia, aunque manteniendo gobierno, símbolos, poderes públicos e incluso moneda propios. Se trata de un problema en potencia si consideramos que la mayoría de su población se siente rusa y que, como algunos analistas apuntan, puede ser un posible foco de contrabando de armas y suministros a los “rebeldes pro-rusos” que aún dominan buena parte del este de Ucrania.

      Además del particular caso transnistrio, todo un museo para nostálgicos de la era soviética -que por lo visto recientemente en el conflicto ucranio, parece haber muchos- la región de Gagauzia también puede dar que hablar en el futuro: habitada por rusos y gagauzos -un pueblo descendiente de los turcos y cristiano ortodoxo-, no parece muy entusiasmada con las políticas de acercamiento a la UE; antes al contrario, se sienten más próximos a Rusia e incluso su gobierno autónomo ha amenazado con declarar la independencia del país si éste entra en el futuro a formar parte de la Unión. La reacción del gobierno Putin ante estas declaraciones no se ha hecho esperar y ha 'premiado' a la región con el levantamiento del veto a las exportaciones de vino a Rusia -veto aplicado por Putin respecto a diversos productos moldavos después de los acuerdos de asociación aprobados entre el país y a UE el pasado junio-.

      Las recientes elecciones del pasado 30 de noviembre han dado buena muestra de la situación del país y de la división entre pro-europeos y pro-rusos. El testigo rusófilo del partido 'Patria' -al que días antes de los comicios se prohibió presentarse acusado “de recibir fondos del extranjero”- lo tomaron los partidos Socialista y Comunista, entre cuyos lemas estaba la denuncia de los acuerdos económicos antes citados, acompañada del correspondiente acercamiento a la esfera rusa. Por su parte, los partidos pro-europeos abanderaron ahondar en las relaciones con la UE, obteniendo finalmente la victoria por un muy estrecho margen.

      Moldavia es junto con Ucrania otro buen ejemplo de la “guerra del palo y la zanahoria” que aplican tanto Rusia como la UE: de la primera depende en la medida en que es su principal suministrador de gas, y que las cartas moldavas sobre la mesa no son lo suficientemente fuertes a la hora de negociar precios -sobre todo, tras el aparente giro pro-europeo de sus políticas-. Además, Putin aún juega con una baza similar a la que empleó en Ucrania: usar a la población de territorios de mayoría pro-rusa para desestabilizar al país -Gagauzia y Transnistria- (por ejemplo, facilitando la obtención de pasaportes rusos) y forzar al Gobierno central -que todo apunta lo tendrá difícil para gobernar dado su ajustada victoria- a replantearse su relación con Rusia. El veto establecido hacia numerosas exportaciones moldavas es otro ejemplo de los ases en la manga con los que Putin cuenta ante un rival aparentemente débil.
Respecto a la UE, ésta ha garantizado desde abril la exención de visados a los ciudadanos moldavos que quieran moverse por territorio comunitario, a lo que hay que añadir el Acuerdo de asociación y libre comercio aprobado en junio y que puede sentar las bases de una futura entrada del país en la UE.


      La inestabilidad política, el escaso desarrollo económico y la corrupción de un país donde varios oligarcas aún juegan un papel clave ponen difíciles las cosas. Sin embargo, que la ciudadanía haya visto en la Unión Europea una esperanza es un buen punto de partida. Ahora la 'patata caliente' la tiene el nuevo Gobierno.


JFR