domingo, 2 de octubre de 2011

17.833

17.833. Ésas son las personas que, según la organización Amnistía Internacional, se encontraban en 2010 en el corredor de la muerte. A lo largo del mundo, desde China hasta algunos estados de EEUU, pasando por Irán, Norte de África y Oriente Medio, miles de presos esperan su fatal destino. Por delitos desde el terrorismo hasta la simple disidencia política. Qué duda cabe que cualquier sistema penal y penitenciario que se precie debe castigar con severidad, pero de forma proporcionada, a los culpables de delitos como el asesinato, el terrorismo o todas las repugnancias que se puedan cometer contra la libertad de las personas o su más básica dignidad.

Pero al mismo tiempo, estos condenados son víctimas. Víctimas de un sistema penitenciario obsoleto, fruto de la idea de la Ley del Talión (ojo por ojo, y diente por diente) que, más que reprender al condenado, lo que busca es su eliminación en aras de la “seguridad colectiva” o simplemente para satisfacer los más primitivos sentimientos de venganza. En la mayoría de las democracias occidentales, los sistemas penales y penitenciarios están orientados a la reinserción social del condenado, a la redención si así lo preferimos. La vieja idea de que todo el mundo se merece una segunda oportunidad. Ahora bien, éste es el principio que inspira el sistema, lo que no quiere decir, en mi opinión, que todo condenado tenga la capacidad de reinsertarse en él en determinados casos. No me imagino, y creo que mucha gente tampoco,  a los criminales nazis, a los asesinos camboyanos del régimen de los Khemeres Rojos o a los golpistas argentinos del Coronel Videla, por citar ejemplos, en otra situación que no sea la de pasar sus vidas, al menos hasta una edad considerable, en la cárcel.

No obstante, el hecho de que el Estado (legítimo y que en teoría nos representa a todos) tenga el poder de quitar la vida a alguien es algo muy distinto. Recientemente han sido ejecutados dos reos en dos Estados diferentes de EEUU; el primero era un hombre negro sobre el que existían dudas sobre su culpabilidad, que asesinó a un policía blanco en 1989; el segundo,  un miembro de una especie de Ku Klux Klan que quitó la vida a un afroamericano. Días más tarde era ejecutado en Florida –sí, la tierra de las playas, Miami y Disneyworld- un hombre de descendencia española tras ¡33 años en el corredor de la muerte! ¿Se imaginan vivir durante 33 años pensando en que cualquier día abrirán su celda y les dirán algo así como “Sr. X, hoy es el día”? Ahí se lo dejo.

Y fuera de las fronteras estadounidenses, democráticas al fin y al cabo, nos encontramos con países como Irán, donde próximamente será ejecutado un pastor evangélico convertido al cristianismo tras apostatar del Islam. La ‘sharia’ (ley islámica) le permite retractarse tres veces, pero no creo que las autoridades iraníes, tan piadosas como siempre, le consientan seguir viviendo. Apostatar del islam es un crimen castigado con la muerte, al igual que lo es blasfemar en países como Pakistán. Era como el “se prohíbe cantar y blasfemar” de la época franquista, sólo que en el S XXI y con la horca esperando a quien lo desobedezca. Una cosa es exigir respeto a los sentimientos religiosos –algo que debería hacerse- y otra muy distinta es castigar a quien disienta del credo oficial con la muerte. (¿Dónde está aquí la “Alianza de Civilizaciones”?)

No quiero entrar aquí en disertaciones sobre los fines del Derecho Penal, ni salirme por la tangente con temas como el fundamentalismo religioso que algún día abordaré. Me imagino que los partidarios de la pena capital estarán pensando ahora en repugnantes casos de asesinatos, pederastia y monstruos de Amstettem para justificar tal práctica. Pero si no pensamos fríamente en lo que ello supone, abriremos una puerta peligrosa, que es la de la inseguridad jurídica y la de del Estado todopoderoso. Y eso es poco recomendable.

 Me gustaría resumir mi artículo con una frase del profesor Francisco Tomás y Valiente- asesinado por la ETA en 1996 en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid-. “Cada vez que matan a una persona, nos van matando a todos un poco”. Si convertimos la justicia en venganza, y nos atribuimos el poder de decidir sobre la vida del prójimo, sólo construiremos una sociedad violenta cargada de resentimiento.

JFR