domingo, 27 de marzo de 2016

Trumpocalypse


Costaría creer que Donald Trump ganase las primarias al Partido Republicano y se convirtiese en el rival de la –previsiblemente- candidata Demócrata Hillary Clinton a la presidencia de los EEUU. A pesar de sus insultos racistas, las medidas radicales o disparatadas que defiende (construir un muro en la frontera con Méjico o expulsar a los musulmanes que entre en EEUU, entre ellas) sus comentarios desagradables hacia los inmigrantes, las mujeres o incluso el papa Francisco[1], o las formas groseras de las que suele hacer gala en sus intervenciones públicas, Trump parece tener todas las de ganar en el bando republicano, logrando hacerse con los 1.237 delegados para ser nominado como candidato a la carrera presidencial. Y cada día está más cerca como muestran estos datos:

Fuente: http://edition.cnn.com/election (27/03/2016)

Ante la incredulidad de los analistas, el malestar de sus rivales políticos (y especialmente dentro del 'Great Old Party') o el temor de los sectores sociales a los que alude en sus críticas, el multimillonario de tez anaranjada ha ido conquistando a millones de votantes y consolidándose como un fenómeno curioso a la vez que alarmante.

Curioso, porque a pesar de tener el apoyo de un gran número de electores en las primarias, se ha enfrentado al propio “aparato" del Partido Republicano –y ya estamos viendo cómo el resto de candidatos ha intentado pararle los pies- pero también – y esto quizás es más reseñable- a los medios que tradicionalmente apoyaban a este partido, en especial la cadena Fox, fiel al 'establishment' republicano, muy conservadora y crítica con la administración Obama.

Por otro lado, el discurso de Trump es, dentro su partido, poco habitual. Trump defiende, en líneas generales, las clásicas posturas [2]de los republicanos: la pena de muerte, la negación de la acción del hombre en el cambio climático, la libertad de poseer armas tal y como dice la 2ª Enmienda de la Constitución y una política exterior fuerte y aliada de Israel, entre las habituales. Pero también mantiene visiones proteccionistas en materia laboral, de seguridad social o en comercio exterior (cuya apertura ven beneficiosa tanto Republicanos como Demócratas) especialmente en relación con China, que él ve perjudicial para la clase trabajadora. Además, son frecuentes sus críticas al ‘establishment’ republicano, al que señala como elitista y alejado de los problemas del ciudadano medio. 

Las divisiones en el bando republicano han sido muy visibles en los sucesivos debates entre los candidatos, en los que Trump, además de insultar a periodistas [3] y participantes, ha utilizado sus dotes mediáticas para enfrentarse duramente al resto de candidatos, con frecuentes salidas de tono y comentarios que han ofendido incluso a la propia esencia de sus correligionarios de partido. Así, cuestionó [4] que el excandidato a la presidencia John McCain “fuese realmente un héroe de guerra” en alusión al tiempo que aquél permaneció capturado por los vietnamitas. Para un país donde los veteranos de guerra tienen un peso importante y son especialmente respetados, tales afirmaciones desataron fuertes críticas, ante las que Trump no se disculpó. Incluso los demás candidatos republicanos censuraron el tono con que Trump hablaba del islam, llegando a defender que se prohíba la entrada de musulmanes en los EEUU [5] y la conveniencia de saltarse las leyes para luchar contra el terrorismo[6].
Sin embargo, su estilo provocador y directo, considerando que la “corrección política” es un lastre para el debate, y su lenguaje populista, es aplaudido por miles de seguidores, sobre todo población blanca de zonas rurales. Resulta difícil explicar el porqué de esto, pero como apunta el politólogo Roger Senserrich aquí [7]está apelando a los peores instintos de un segmento de la población  que se siente completamente excluida del sistema político”. Algunos observadores van más allá y, como menciona  Senserrich, “ven a Trump como un síntoma de una sociedad con una cantidad enorme de conflictos latentes [8], justo bajo la superficie, esperando una chispa para que empiecen a arder”.

Sus rivales, aunque estén intentando desesperadamente detenerle, tampoco ofrecen alternativas realmente moderadas –salvo quizás el exgobiernador de Ohio, John Kasich-. Habiendo abandonado figuras como Jeb Bush, Marco Rubio o el libertario Rand Paul, ha sido Ted Cruz ha aglutinado al voto más conservador en esencia, especialmente el evangélico, de ahí su victoria en Estados del llamado ‘Bible Belt’ o ‘cinturón bíblico’ formado por aquellos donde la religión juega un papel fundamental (Kentucky, Alabama, Georgia, etc.) Cruz, uno de los pesos pesados del Tea Party,  ha cuestionado la fidelidad de Trump a los principios conservadores, erigiéndose como el ‘guardián de la pureza’ del voto más tradicionalista. El catedrático Paul Harvey ha señalado la importancia de este voto evangélico, definiéndolo como “el equivalente al voto afroestadounidense para los demócratas". Aunque dicho voto por sí sólo no baste, Cruz es a día de hoy la única alternativa viable a Trump dentro de las filas republicanas, estando muy lejos el otro candidato restante, Kasich. Para algunos analistas, Cruz es realmente el más conservador: Julian Zelizer lo acerca aquí a Barry Goldwater, el senador apodado "Mr. Conservador" que perdió las presidenciales contra Lyndon B. Johnson en 1964. En medio de este 'duelo de titanes' radicales se encuentra el más "moderado" Kasich, quien a pesar de estar a mucha distancia del segundo puesto en las primarias de su partido, estaría en mejor posición (en un escenario ya hipotético) para batirse con Clinton en la carrera a la presidencia, como afirman algunas encuestas recogidas en este artículo de la revista Político.

Pero salvo que suceda algo muy inesperado, el duelo estará entre Trump y Cruz en el partido del elefante. Como mencioné al principio del artículo, Trump (por extensión, también Cruz) representa un fenómeno alarmante, no sólo para los EEUU, su economía y los sectores de población a los que critica (inmigrantes, latinos, musulmanes, etc.)  sino para la geopolítica mundial: sus medidas temerarias podrían poner en riesgo las relaciones de EEUU con China y su otro gran socio comercial México, los avances en  la política con Cuba y la propia imagen de EEUU, que se verá resentida sobre todo en Europa y América Latina. Para 'The Economist Intelligence Unit', la victoria de Trump sería uno de los mayores riesgos para la estabilidad mundial, como señala aquí[9].

A quien realmente beneficia Trump es al partido Demócrata –así lo sostiene, además, el think tank ‘Hispanic Council[10]’- e, indirectamente, a la que -y salvo que un Sanders actualmente en auge dé alguna sorpresa- será su rival en las elecciones del próximo noviembre, Hillary Clinton. Su victoria podría servir a que el bando Republicano busque esa moderación que necesita si lo que aspira es a ostentar la presidencia. Y es que a día de hoy, los mensajes que tanto Trump como Cruz repiten no podrán convencer nunca a inmigrantes, hispanos -casi 55 millones-, musulmanes, jóvenes…en definitiva, a los ciudadanos del Siglo XXI.






[1] http://trump.thepoliticalinsider.com/Trump-responds-to-Popes-comments-30371269?playlistId=18620
[2] Sus posturas pueden verse aquí, en su web https://www.donaldjtrump.com/
[3] http://www.nbcnews.com/politics/2016-election/new-york-times-slams-donald-trump-after-he-appears-mock-n470016
[4] https://www.washingtonpost.com/news/post-politics/wp/2015/07/18/trump-slams-mccain-for-being-captured-in-vietnam/
[5] http://www.theguardian.com/us-news/video/2015/dec/08/donald-trump-calls-for-complete-ban-on-muslims-entering-the-us-video
[6] https://www.youtube.com/watch?v=IdOceoZfHuw
[7] http://politikon.es/2016/03/14/primary-colors-xxi-violencia/
[8] http://www.nbcnews.com/meet-the-press/poll-whites-republicans-rank-angriest-americans-n488636
[9] https://gfs.eiu.com/Article.aspx?articleType=gr&articleId=2876
[10] http://www.hispaniccouncil.org/wp-content/uploads/THC_Trump.pdf

jueves, 3 de marzo de 2016

Un futuro político incierto



“La única revolución pendiente en España es la revolución del respeto”. Aunque pronunciadas hace más de un siglo, estas palabras de Fernández de los Ríos son bien aplicables a la actualidad. Y especialmente, tras seguir el debate de investidura –finalmente y como era de esperar, fallida- que tuvo lugar ayer, 2 de marzo. Fue un debate, en líneas generales, agresivo en el fondo y en las formas, aunque también se hicieron llamadas al consenso o se introdujeron temas interesantes. No faltaron menciones a Maquiavelo o los GAL, a tratados medievales, al Quijote o al fundador de la Legión en unas intervenciones que reflejaron lo difícil que se prevé el futuro político en España.

Las elecciones del pasado 20-D dieron a luz a un panorama diferente, en el que la tradicional hegemonía bipartidista se veía, por primera vez en democracia, disputada por dos formaciones emergentes, Ciudadanos y Podemos. Ambas, con discursos diferentes, defendían en sus programas medidas de regeneración democrática, luchar contra la corrupción y, en teoría, “una nueva forma de hacer política”. Mientras el PSOE obtenía unos resultados objetivamente malos en número de escaños, mientras el PP se convertía en la mayoría más minoritaria desde 1977. Este panorama incierto –y también interesante- generaba expectación e incertidumbre entre ciudadanos y politólogos –que a pesar de estar cobrando mayor protagonismo en el debate, prefirieron ser prudentes al opinar sobre el futuro -. Pero una moraleja parecía clara: todos estaban obligados a pactar, y ya se hacían paralelismos entre la situación actual y la vivida durante la Transición.

Sin embargo, lo sucedido estas últimas semanas parece hacer complicado aún más la situación. Mientras el Partido Popular abogaba por una “gran coalición” con PSOE y C’s, Podemos dividía sus intervenciones entre las críticas al PSOE y sus acercamientos a éste con el fin de llegar a acuerdos. Tras las rondas de consultas que el Rey mantiene con los líderes políticos, tal y como prevé la Constitución (CE), sucedió algo insólito: el candidato del partido más votado, Mariano Rajoy, rechazaba el mandato del jefe del Estado para someterse a la investidura. Ante esto, el rey –quien, recordemos, no tiene aquí más facultades de las que la CE especifica: “consultar con los representantes de los partidos” y “proponer a un candidato a la Presidencia del Gobierno- pasó el testigo al candidato del PSOE, Pedro Sánchez. Aquí conviene hacer un apunte ante la creencia de que “debe gobernar el más votado”: el sistema político español es parlamentario. Las Cortes en España (el Congreso y el Senado) representan a los ciudadanos y controlan al Gobierno, entre otras funciones. Así, el Congreso es el órgano que otorga la confianza al Gobierno, que se entiende mantenida a lo largo de la legislatura salvo que ésta se retire expresamente, a través de una cuestión de confianza o una moción de censura. Por tanto, obtener más votos en las elecciones no hace que un partido automáticamente gobierne, sino que lo hará el partido que obtenga la confianza del Congreso, por mayoría absoluta o simple según el proceso que recoge la CE. Hasta ahora, había coincidido que el partido que “ganaba”, sacando más escaños, obtenía la confianza del Congreso (porque tenía la mayoría suficiente o conseguía apoyos de otros partidos) y formaba gobierno. Pero no tiene por qué ser así en un sistema parlamentario y ahora lo estamos comprobando. Ello lo diferencia de los sistemas presidencialistas, donde el papel principal, esta vez sí, recae en el Presidente del gobierno y “gobierna el más votado”, como en el caso de los EEUU.

Finalmente, el Partido Socialista y Ciudadanos consiguieron firmar un acuerdo de 66 páginas con medidas en numerosos ámbitos que el PP y Podemos se negaron a apoyar. La aritmética era clara: los 130 escaños que sumaron PSOE y Cs no bastaban para investir a un presidente, pues en primera votación se necesita la mayoría absoluta (artículo 99.2 CE)

El escenario que se abre ahora es aún más incierto. De entrada, a día de hoy y contando con el no de PP y Podemos, se hace imposible la investidura de Pedro Sánchez –al ser el propuesto por el rey- incluso en la segunda ronda de votaciones, en la que basta la mayoría simple (esto es, que obtenga más “síes” que “noes”). Una opción sería contar con el apoyo de partidos minoritarios (DiL, ERC, CC, PNV, etc.) aunque no parece probable salvo que se decidan a apoyar el referéndum de independencia de Cataluña –lo que se rechaza expresamente en el pacto firmado entre PSOE y C’s-. La otra, lograr negociar la abstención de PP o de Podemos, teniendo en cuenta que al menos uno de ellos debería abstenerse, y que Podemos, sin contar con sus partidos afines (En Marea, En Comú-Podem) cuenta con 43 escaños frente a los 123 del PP. Desde la primera votación de investidura, los partidos tienen dos meses para lograr pactar y formar gobierno, de no ser así se disolverán las Cámaras y se repetirán las elecciones como dice el art. 99.5 CE.

De repetirse los comicios, cabe preguntarse qué podría pasar en tal escenario. La respuesta no es fácil: las encuestas (como la realizada por el CIS[1] en enero, poco reciente) auguran unos resultados similares, aunque esto es muy volátil y depende de muchos factores, entre ellos, cómo juegan los partidos ahora (según Metroscopia[2] parece que los ciudadanos valoran la capacidad de pactar) y a quién los ciudadanos “culpan” de que se produzcan las nuevas elecciones. Habrá que estudiar la trayectoria de estas encuestas y compararlas, y recordar que al final todo depende, como pasó el 20-D, de cuántos indecisos haya el día de votar, de cómo se desarrolle la campaña…en resumen, las encuestas tienen su papel pero no son la verdad absoluta, básicamente porque el comportamiento humano es, finalmente, impredecible. También dependerá de si la campaña se polariza (con lo que PP y Podemos podrían sacar rédito electoral) si los partidos que han pactado (PSOE y C’s) logran vender su acuerdo y los ciudadanos lo valoran… ni siquiera los expertos sabrían –o se atreverían- a responder a esto.

De todo ello y ya entrando en la reflexión personal cabe preguntarse si realmente hemos cambiado tanto como el panorama político parecía revelar. La idea de “nueva política” que incluía teóricamente respeto, nuevos temas en la agenda, mayor sentido crítico con la corrupción y una nueva actitud ante los debates, parece hoy desplazada por el eslogan fácil, la discusión sesgada en twitter, la tertulia televisiva de quienes dicen saberlo todo y un debate poco proclive a los pactos y muy partidista. Como apunta el profesor José I. Torreblanca[3]: “unos necesitan el conflicto para sobrevivir, otros vinculan su supervivencia al consenso”.

Estaría bien una cultura política más racional y un debate más sosegado. Aunque en los últimos años nos hayamos vuelto más críticos, el debate sigue siendo muy pobre y partidista, pues en buena medida es lo que han querido muchos políticos y medios de comunicación. Aún nos falta “saber de política”, todo aquello que tantos representantes políticos han evitado introducir en los debates porque no daba beneficios electorales, (explicar para qué sirve la UE y no sólo para echarle las culpas, recordar que el sistema en España es parlamentario…) mientras la Constitución o cómo funciona el sistema político apenas se enseñan en los colegios, como sucede en general en las democracias modernas…

Durante el debate de investidura se mencionó la cita de Fernández de los Ríos sobre el respeto que inicia este artículo. Lo primero de todo sería que muchos representantes políticos la aplicasen. Pero por lo demás, como dice Javier Gomá, “España atraviesa ahora las dificultades de una democracia sin buenas costumbres”[4]. Y es que no somos un país raro, condenado a la picaresca o al “somos así”: podemos cambiar y los políticos pueden y podrán pactar.




[1] http://www.rtve.es/contenidos/documentos/barometro_enero_2016.pdf 
[2] http://politica.elpais.com/politica/2016/02/06/actualidad/1454779393_058638.html
[3] En http://blogs.elpais.com/cafe-steiner/
[4] En http://elpais.com/elpais/2016/02/19/opinion/1455892924_603940.html