Quizás una polémica veraniega y atractiva
para los tertulianos, quizás leña al fuego de la discusión política, el
‘burkini’ ha cubierto páginas de periódicos –desde extranjeros hasta locales- y
ha reabierto debates varios sobre el islam en Europa, los símbolos religiosos
en Francia, la inmigración… En Francia, un país que lleva el laicismo
por bandera –esto es, la completa separación entre el Estado y la
Iglesia y la ausencia de símbolos religiosos en público- el debate ha
tenido una especial trascendencia. Ello se explica porque tiene que ver con la
propia identidad de la República y, por extensión, con el modelo que tiene el
Estado de relacionarse con la Iglesia y el hecho religioso en general.
En otros Estados, una religión
tiene carácter oficial, jugando un papel importante en la vida
pública. En algunos hay un reconocimiento o mención constitucional a la Iglesia
(como era el caso de Noruega hasta
2012, o de Grecia).
En esta categoría, y dentro del ámbito europeo, podríamos incluir países como Malta, Dinamarca
o Grecia. También podemos encontrarnos con Estados con “tratamiento
preferencial” hacia algunas religiones, aunque nominalmente aconfesionales.
Aquí los ejemplos son muy variados: Alemania, Italia, España…
Pero también existe un modelo de Estado
laico, cuyo caso más típico en el ámbito europeo es Francia. El país
propugna un paso más allá que el modelo aconfesional con la total separación
entre la Iglesia y el Estado, ya desde la aprobación de una ley al respecto en
1905. Así, el hecho religioso queda estrictamente en el ámbito privado,
mientras se han empleado las bases de dicha ley para prohibir el velo y otros
símbolos como la kipá judía o los crucifijos muy visibles en los colegios
públicos, y el uso del burka en todos espacios públicos, en 2010. La ley
de 11 de octubre de 2010 prohíbe que, en el espacio público, “se pueda
llevar una vestimenta destinada a disimular el rostro” así como se multa
el obligar a alguien a llevarla. El burka –que cubre completamente el cuerpo y
no deja ver el rostro- entra de lleno dentro de esta prohibición.
El Tribunal Europeo de Derechos Humanos argumentó
en 2014, respecto a la prohibición francesa del burka que puede estar
justificada porque “puede ser una amenaza para la convivencia”. Se
han empleado, por parte de los defensores de su prohibición, razones de
seguridad –al resultar difícil identificar a alguien que vaya totalmente
cubierto, debiendo exigir las autoridades que se descubra-, culturales (“es
contrario a nuestro modo de vida” o "al principio de laicidad
francés", por ejemplo) o de género (“discrimina a la mujer”)
No es el único Estado europeo que ha
prohibido esta prenda: en Bélgica y Países Bajos, y también en países de la
CEDEAO (Comisión Económica del África Occidental) como Chad o Níger se ha
acordado vetarlo por razones de seguridad, en estos últimos especialmente tras
la expansión del grupo terrorista Boko Haram.
Es por esto que el debate sobre el
‘burkini’, aunque sea una prenda diferente al burka ‘tradicional’, pues no
cubre el rostro, haya tenido tanta repercusión en la vecina república. Se trata
de un tema muy complejo para abordarlo aquí, pero de gran relevancia sobre todo
de cara a establecer medidas de integración y en la política de
inmigración. Y es que, en última instancia, el balance entre el respecto a
las creencias personales y la necesidad de integración –exigiendo el respeto a
las leyes y costumbres del país de acogida- no siempre es fácil de equilibrar.
Esta polémica ha acelerado la creación de
una "Fundación del Islam de Francia", que tendrá por objeto
"apoyar proyectos educativos, culturales y de compromiso con los
jóvenes" así como "se responsabilizará de la formación de los imanes
y del desarrollo de la investigación de la islamología", según ha
manifestado recientemente el Ministro de Interior galo, Bernard
Cazeneuve.
Todo ello se enmarca dentro de la idea de
crear un “Islam republicano”, compatible con los valores de la república
entre los cuales se encuentra el laicismo. Una iniciativa comprensible en el
marco francés y en un modelo de integración que exige la aceptación de los
valores del republicanismo -como si de una "religión laica" se
tratara- pero difícil de materializar (¿cómo se controla esa
"adecuación"? ¿puede entenderse como un intento de desvirtuar el
Islam?) Mientras, el discurso público pide cada vez más firmeza en la
aplicación del principio de laicidad, que sostienen prácticamente por todas las
fuerzas políticas. Yendo algo más allá, el partido ‘Les Républicains’,
encabezado por el expresidente Nicolas Sarkozy, se ha movido hacia posturas más
duras que las que mantenía años atrás, otra señal de la capacidad del
Frente Nacional de moldear el discurso y meter temas y posiciones en el debate
público, generalmente desde proclamas populistas.
Se trata de un tema con múltiples aristas, y todas espinosas (identidades nacionales, pluralidad de creencias religiosas ¿o culturales?, integración, uso del espacio público -o restricciones, si se apoya la prohibición de exhibir algunos símbolos-), que además se desarrolla en un marco en el que las actuales sociedades, en el caso europeo, atraviesan por un proceso de secularización ya iniciado hace décadas. Sin ir más lejos en España, según el CIS el 70,5% de la población se considera católica, aunque el 58,3% admite no asistir nunca a oficios religiosos y apenas el 16% va a misa cada domingo.
Y en mitad de ello, los símbolos religiosos
vuelven a reaparecer en un debate público complicado que, como vemos, va mucho
más allá de prohibir una prenda en una playa de la Costa Azul...

