sábado, 28 de junio de 2014

La Guerra que cambió al mundo

"Teníamos dieciocho años y habíamos comenzado a amar la vida y el mundo; y tuvimos que echarlo todo al diablo. La primera bomba, la primera explosión, estalló en nuestros corazones. Estamos aislados de la actividad, del esfuerzo, del progreso. Ya no creemos en ese tipo de cosas, creemos en la guerra"

Erich Maria Remarque, 'Sin novedad en el frente' (1929)

       Dos tiros disparados por la pistola serbia del joven Gavrilo Princip contra el archiduque Francisco Fernando y su mujer Sofía, hoy hace cien años. Dos gotas de agua que colmaron un vaso repleto de una combinación explosiva de nacionalismo, resentimiento y unas exacerbadas ansias belicistas, que desembocaron en un conflicto desconocido por la Humanidad hasta entonces. A esta Gran Guerra, estúpida como tantas,  'contribuirían' no sólo el enfrentamiento entre ideologías y nacionalismos diversos (imperialismo, surgimiento del comunismo, etc.) sino también una ingente maquinaria de guerra ansiosa por medirse en los campos de batalla: aviones, submarinos, carros de combate, y un largo etcétera de invenciones hijas de la industrialización. Un enfrentamiento a caballo entre la nostalgia de los antiguos imperios a punto de desmoronarse y la precisión de la modernidad, encarnada en los avances tecnológicos y el nacimiento de nuevas ideologías que cambiarían el mundo.

Para ilustrar mi artículo voy a recurrir a la famosa novela antibelicista del alemán Erich Maria Remarque 'Sin novedad en el frente'. En uno de los pasajes que más me llama la atención, un joven soldado vuelve a la escuela de su pueblo natal, donde su profesor de Historia arenga a los estudiantes para que vayan a la Guerra 'a luchar por la Patria'. No duda en pedir a su antiguo alumno que narre su experiencia en la guerra, ante lo que él responde relatando la dura realidad: las trincheras, la penosidad de las batallas, la 'convivencia' diaria con la muerte... con una frase demoledora:

"Es sucio y doloroso morir por la Patria. El mejor modo de servirla es seguir con vida. Él (el profesor) os dice:  ¡salid a morir ! pero es mucho más fácil decirlo que hacerlo..."

Fue una guerra que demostró hasta dónde  los avances tecnológicos y el fervor nacionalista podrían desembocar en la destrucción del Viejo Continente y en la muerte de millones de personas. Hoy Europa recuerda la barbarie de las trincheras, el precio de los civiles que, sin quererlo, se vieron inmersos en un conflicto a escala mundial y justamente, a los caídos de los respectivos países beligerantes. Un conflicto que, a su fin, dejaría una vergonzosa lista de daños personales y materiales, el fin de los Imperios, el nacimiento del totalitarismo soviético y de países como la unión de los eslavos del sur en el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos -más tarde Yugoslavia- y que, en definitiva, cambiaría el mundo para siempre.

Mención aparte para la postura de España, un país que si bien se mantendría neutral ante la guerra no permanecería al margen de sus acontecimientos: así, las exportaciones -y el consiguiente desarrollo de la industria- crecieron, mientras en el seno de la sociedad se advertía una polarización traducida en los apoyos hacia aliadófilos (el caso más sonado, el del influyente Conde de Romanones) o germanófilos (estos principalmente desde los sectores conservadores). Por su parte el rey Alfonso XIII crearía la llamada Oficina Pro-Cautivos, un organismo que, aprovechándose de la postura neutral, intentaba recabar información para los familiares que no sabían nada de sus parientes militares o civiles en zona de guerra. Al acabar la misma, también España modificaría el rumbo de su Historia.

Finalmente, el irredentismo y la humillación en la que se vieron algunos países, en buena medida tras las elevadas deudas que les exigía la derrota fueron también la semilla, sin quererlo, del fascismo, mezcla de nacionalismo extremo y modernidad mal entendida que tendría en Alemania su versión extrema y que todos tristemente conocemos, que demostraría lo poco que duraría la paz hasta que Alemania se anexionase los Sudetes en 1938 e invadiese Polonia en septiembre del año siguiente bajo el pretexto de la supuesta 'superioridad' de su ser.
Y cien años después, el debate sobre la responsabilidad de la guerra aún sigue generando controversia, y especialmente en algunos sectores, la cuestión del asesinato de los archiduques del Imperio Austrohúngaro ¿justificada reacción del nacionalismo ante el afán homogeneizador de un Imperio o absurda provocación a la indescriptible barbarie que Europa acabaría encontrando? ¿Responsabilidad única de Alemania o compartida? ¿Castigo abusivo o justo a los perdedores? ¿Justicia de los justos o de los vencedores? Qué diferente es juzgar con los cómodos ojos del hoy...











domingo, 8 de junio de 2014

Reformas y ¿referéndum?

     A raíz de la reciente abdicación del rey Juan Carlos I, se ha planteado en España la posibilidad de llevar a cabo un referéndum para decidir sobre la futura forma de Estado (seguir con la actual Monarquía o cambiar a una República). Ello ha suscitado un interesante debate en el que particularmente me llaman la atención dos puntos: 1) la legalidad de la convocatoria de dicho plebiscito; y 2) la conveniencia de plantearlo, si fuera posible, en el momento actual.

     En primer lugar, ¿puede convocarse un referéndum para consultar a la ciudadanía sobre la forma de Estado?
Podría parecernos algo apetecible y desde luego es una buena expresión democrática, pero la realidad es otra. Si nos ceñimos al artículo 92 de la Constitución Española que lo regula, nos encontramos con que el referéndum ha de plantearse 'sobre decisiones políticas de especial trascendencia'  y que su carácter será 'consultivo'. En su día se debió recelar de esta figura, así que se optó por una modalidad 'light' de la misma según la cual los referendos podrán convocarse a) sobre decisiones de tipo político (como fue el caso de la entrada de España en la OTAN) y  b) tienen una función en teoría consultiva, aunque en la escasa práctica acaben 'obligando' al Gobierno a orientar su política en función del resultado de la consulta.
Parece, entonces, que legalmente hablando un referéndum no puede plantearse sobre una opinión sobre la forma de Estado, así que habría que buscar otras vías.
Una de ellas, que podría contemplarse, es la llamada Iniciativa Legislativa Popular, según la cual los ciudadanos pueden convertirse en sujetos principales de la elaboración de una ley, mediante la presentación de 500.000 firmas y el consiguiente debate en el Congreso de la proposición planteada. Ello también está regulado en la Constitución, artículo 87, pero también tiene sus evidentes limitaciones: la Ley Orgánica que regula tal modalidad de participación excluye de la misma 'las materias cuya iniciativa reguladora reserva la norma fundamental a órganos concretos del Estado'. Aquí estaríamos hablando de una reforma constitucional de carácter 'especial', que correspondería a las Cortes y supondría el inicio de un farragoso y rígido procedimiento. Dicha reforma, en este caso sobre el cambio en  la forma de Estado, implicaría (art. 168 CE) la aprobación por 2/3 de las Cortes (tanto por el Congreso como por el Senado), la disolución de las mismas, convocar elecciones, y que las Cortes resultantes de dichas elecciones aprobasen, otra vez por mayoría de 2/3, dicha propuesta de reforma. Este culebrón constitucional termina con la convocatoria de un referéndum (ahora sí) que ratifique los cambios. En definitiva, es una modificación prácticamente imposible a día de hoy, teniendo en cuenta que la mayoría de las cámaras (copadas por los grupos 'popular' -conservador- y socialista) votará presumiblemente en contra de un cambio hacia un modelo republicano, y más teniendo en cuenta que la futura Ley de Sucesión al trono de Felipe VI será aprobada por la gran mayoría de los parlamentarios garantizando así la continuidad en el trono.

Por otra parte, cabe preguntarse hasta qué punto convendría abrir las puertas a tal hipotético referéndum en la actualidad. El debate sobre la forma de Estado siempre ha estado en la arena política con mayor o menor relevancia, resurgiendo evidentemente en los momentos en los que la Corona ha cometido errores (cacería de Botsuana, caso Urdangarín,etc.) Sin embargo, y desde el respeto tanto a quienes abogan por una futura República como entre quienes defienden que sea la herencia la que determine la Jefatura del Estado, creo que el debate aún no está maduro: harán falta unos años de mayor formación y una más avanzada cultura política, así como proponer la cuestión en términos "serios" (y no con pobres argumentos como "la forma de Estado X es más barata"). Aún sigue vinculándose la idea de Monarquía con conservadurismo y el concepto de República con la izquierda o incluso algunos la siguen asociando a la 'anarquía'. Nada de esto debería suceder en un debate sensato y tan trascendental como la elección del Jefe del Estado, una vez nos hayamos quitado esos 'complejos' y esa -por qué no decirlo- 'caspa' que sesgan tal cuestión hacia posturas emocionales o simples pero para nada sosegadas. Convocar a día de hoy un referéndum, al calor del ascenso de movimientos como Podemos (sin duda muy interesantes desde el punto de vista del debate político) y de la ola de populismo extendida por Europa a raíz de la crisis económica, quizás no sea la mejor opción en un país donde, por desgracia, la cultura del plebiscito está tan poco arraigada como es el caso español.
 
     Además, la situación actual exige una regeneración profunda, a nivel político, económico e institucional, que bien podría coincidir con el inicio del reinado de Felipe VI. Unos cambios de calado y valientes, demandados por una sociedad en la que las generaciones más jóvenes -nos dicen, las más 'preparadas'- nos sentimos lejanas a los logros de la  Transición (algo que creo debemos agradecer al rey saliente), y cada vez más distanciadas de la clase política y de cuanto representa la Corona. Esta renovación de las que hablo, iniciada desde el consenso político, incluiría aspectos tales como un sistema educativo estable, cambios en el sistema electoral, reforma de la Justicia, modelo económico y productivo a largo plazo, modernización de la Administración, etc. y supondría una buena oportunidad de apuntalar una institución tan decaída actualmente, a juzgar por las encuestas, como es la Monarquía. Tampoco dejar de lado la cuestión de Cataluña, algo que será todo un reto político y para el futuro monarca, también. De dichas reformas excluyo, no obstante, el debate sobre la forma de Estado en una etapa donde, además de tales cambios, la estabilidad política -algo que sí representa la Corona- es un bien muy preciado, y más en las turbulentas aguas de la crisis económica internacional en las que aún navegamos.

       Sin embargo, nada obsta a que en un futuro los españoles debamos tener el sano debate sobre si queremos una Jefatura del Estado hereditaria o electiva, y de ser esto último, qué tipo de modelo republicano desearíamos, algo que no suele abordarse en los debates al respecto  (francés, con mayor peso del Jefe del Estado a nivel político; alemán o italiano, donde juega un papel moderador, etc..) La importancia del mismo exigirá una altura de miras y una visión despojada de complejos del pasado que sólo nos puede proporcionar el relevo generacional y político. Pero hoy no es aún ese día.

JFR

Este artículo fue publicado en el diario digital El Expositor el 16 de junio de 2014