"Teníamos
dieciocho años y habíamos comenzado a amar la vida y el mundo; y
tuvimos que echarlo todo al diablo. La primera bomba, la primera
explosión, estalló en nuestros corazones. Estamos aislados de la
actividad, del esfuerzo, del progreso. Ya no creemos en ese tipo de
cosas, creemos en la guerra"
Erich Maria Remarque, 'Sin novedad en el frente' (1929)
Dos
tiros disparados por la pistola serbia del joven Gavrilo Princip
contra el archiduque Francisco Fernando y su mujer Sofía, hoy hace
cien años. Dos gotas de agua que colmaron un vaso repleto de una
combinación explosiva de nacionalismo, resentimiento y unas
exacerbadas ansias belicistas, que desembocaron en un conflicto
desconocido por la Humanidad hasta entonces. A esta Gran Guerra,
estúpida como tantas, 'contribuirían' no sólo el
enfrentamiento entre ideologías y nacionalismos diversos
(imperialismo, surgimiento del comunismo, etc.) sino también una
ingente maquinaria de guerra ansiosa por medirse en los campos de
batalla: aviones, submarinos, carros de combate, y un largo etcétera
de invenciones hijas de la industrialización. Un enfrentamiento a
caballo entre la nostalgia de los antiguos imperios a punto de
desmoronarse y la precisión de la modernidad, encarnada en los
avances tecnológicos y el nacimiento de nuevas ideologías que
cambiarían el mundo.
Para
ilustrar mi artículo voy a recurrir a la famosa novela antibelicista
del alemán Erich Maria Remarque 'Sin novedad en el frente'. En uno
de los pasajes que más me llama la atención, un joven soldado
vuelve a la escuela de su pueblo natal, donde su profesor de Historia
arenga a los estudiantes para que vayan a la Guerra 'a luchar por la
Patria'. No duda en pedir a su antiguo alumno que narre su
experiencia en la guerra, ante lo que él responde relatando la dura
realidad: las trincheras, la penosidad de las batallas, la 'convivencia' diaria con la muerte... con una frase demoledora:
"Es
sucio y doloroso morir por la Patria. El mejor modo de servirla es
seguir con vida. Él (el profesor) os dice: ¡salid a morir ! pero es
mucho más fácil decirlo que hacerlo..."
Fue
una guerra que demostró hasta dónde los avances
tecnológicos y el fervor nacionalista podrían desembocar en la destrucción del Viejo Continente y en la muerte de
millones de personas. Hoy Europa recuerda la barbarie de las
trincheras, el precio de los civiles que, sin quererlo, se vieron
inmersos en un conflicto a escala mundial y justamente, a los caídos
de los respectivos países beligerantes. Un conflicto que, a su fin,
dejaría una vergonzosa lista de daños personales y materiales, el
fin de los Imperios, el nacimiento del totalitarismo soviético y de
países como la unión de los eslavos del sur en el Reino de los
Serbios, Croatas y Eslovenos -más tarde Yugoslavia- y que, en
definitiva, cambiaría el mundo para siempre.
Mención
aparte para la postura de España, un país que si bien se mantendría
neutral ante la guerra no permanecería al margen de sus
acontecimientos: así, las exportaciones -y el consiguiente
desarrollo de la industria- crecieron, mientras en el seno de la
sociedad se advertía una polarización traducida en los apoyos hacia
aliadófilos (el caso más sonado, el del influyente Conde de
Romanones) o germanófilos (estos principalmente desde los sectores
conservadores). Por su parte el rey Alfonso XIII crearía la llamada
Oficina Pro-Cautivos, un organismo que, aprovechándose de la postura
neutral, intentaba recabar información para los
familiares que no sabían nada de sus parientes militares o civiles
en zona de guerra. Al acabar la misma, también España modificaría el
rumbo de su Historia.
Finalmente, el irredentismo y la humillación en la que se vieron
algunos países, en buena medida tras las elevadas deudas que les
exigía la derrota fueron también la semilla, sin quererlo, del
fascismo, mezcla de nacionalismo extremo y modernidad mal entendida
que tendría en Alemania su versión extrema y que todos tristemente
conocemos, que demostraría lo poco que duraría la paz hasta que Alemania se anexionase los Sudetes en 1938 e invadiese Polonia en septiembre del año siguiente bajo el pretexto de la supuesta 'superioridad' de su ser.
Y
cien años después, el debate sobre la responsabilidad de la guerra
aún sigue generando controversia, y especialmente en algunos
sectores, la cuestión del asesinato de los archiduques del Imperio
Austrohúngaro ¿justificada reacción del nacionalismo ante el afán
homogeneizador de un Imperio o absurda provocación a la
indescriptible barbarie que Europa acabaría encontrando?
¿Responsabilidad única de Alemania o compartida? ¿Castigo abusivo
o justo a los perdedores? ¿Justicia de los justos o de los
vencedores? Qué diferente es juzgar con los cómodos ojos del hoy...