Numerosos gestos de solidaridad y apoyo se han repetido durante el pasado fin de semana a raíz de los atentados cometidos en París el pasado viernes. Desde las posibilidades o preferencias de cada uno, hubo quien asistió a manifestaciones, dejó flores o dedicatorias, se concentró frente a las embajadas o consulados de Francia, cantó 'La Marsellesa' o puso una bandera tricolor en su perfil en las redes sociales. Sin embargo, y sin querer caer en la frivolidad, el cine también puede usarse como un gesto con una alta carga simbólica.
‘Casablanca’ es, sin duda, uno de
los clásicos de la Historia del cine. Se ha comentado, debatido, emitido
cientos de veces en televisión, repuesto en cines, celebrado sus aniversarios,
parodiado numerosas ocasiones y hasta versionado en dibujos animados. Es una
cinta que, en sus apenas 100 minutos de duración, logra condensar un “algo”
que, probablemente, la conviertan en una de las mejores películas que se han
realizado nunca. Desde mi punto de vista (y dejando de lado cuestiones
puramente técnicas o artísticas) ‘Casablanca’ es la película que mejor
representa lo que debería ser el cine. Pero, realmente, no es sólo una
película. Es una obra de arte que trasciende lo cinematográfico para adentrarse
en campos muy diversos. Quienes la hayan visto, descubrirán que ‘Casablanca’
es, al mismo tiempo, una historia de personas atrapadas en una ciudad, un drama
romántico, un testimonio de la sinrazón nazi (y también, del colaboracionismo),
un panfleto político directo pero valiente, una víctima de la censura, un
ejemplo de ese cine negro tan de moda en los 40, y la excusa para un debate tan
interesante como extenso.
Sin embargo, hay otras facetas de
‘Casablanca’, al margen de lo cinematográfico o técnico, que merece la pena
destacar, y con más fuerza en el día de hoy.
Lo primero, ‘Casablanca’ es un testimonio histórico
y democrático.Para explicar esto, conviene
tener presente el contexto de la película. Se estrenó en 1943, en plena guerra
mundial. Y no sólo eso, sino que aborda una historia que podría ser real, en un
contexto que el espectador se imaginaba o que, en todo caso, era necesario que
conociera. La honestidad de las autoridades, los refugiados, el compromiso
político, la ética personal… temas que se planteaban hace 70 años pero que hoy
en día están más vigentes que nunca. La película es, sin duda, un homenaje a la
libertad, al compromiso y a los valores democráticos, por ende, una crítica
directa al despotismo y a la tiranía de cualquier clase. Es claramente
propagandística, pero ello apenas “molesta” pues se entiende que el espectador comulga
con lo que la película defiende. ‘Casablanca’ es, en definitiva, un símbolo de
cómo el cine puede estar al servicio de una causa política o social, en este
caso, la lucha contra el nazismo. La escena en la que el bar entero canta ‘La
Marsellesa’, para acallar los himnos nazis (‘El guardián del Rin’) no sólo pone
los pelos de punta hoy en día, sino que es un ejemplo de compromiso: quienes
parecían ajenos a cuanto sucedía a su alrededor se levantan de sus asientos,
dejan de beber o de jugar y entonan el famoso himno que representa, en definitiva, la
resistencia a la tiranía y la defensa, incluso con las armas, de la libertad y
la dignidad del hombre.
El pasado viernes, los enemigos de estos valores no marchaban al paso de la oca ni llevaban esvásticas, sino el fanatismo enarbolado en las banderas negras del DAESH. El café de Rick y el París de la película ocupado por los nazis simbolizan el espacio en el que la gente se divierte, sufre, ríe, canta, en definitiva, vive. En el París del pasado viernes, los objetivos de los terroristas fueron dos símbolos del deporte y el ocio: un campo de fútbol y una sala de fiestas. Se puede trazar fácilmente un paralelismo. La conquista de París por Hitler no sólo era un objetivo militar, sino también una conquista de cuanto simbolizaba. El ataque a París no fue -solo- por cuestiones estratégicas: lo que la ciudad representa es evidente.
Por otro lado, ¿por qué no verla, y además, hoy? Ver cine en general es una gran forma de
aprender, no sólo hechos o datos, sino también de formarse, de madurar y de
abrir nuestras mentes a realidades que probablemente desconocemos. Es una película que
debería exhibirse más a menudo en cines como forma de apreciar lo que es una
obra de arte no sólo desde el punto de vista técnico sino también en cuanto a
su mensaje. El uso del arte, del cine, con un propósito. Una forma de ver el
cine no sólo como espectador sino como “ciudadano”.
Podría extenderme mucho más, pero
no soy un experto y hay muchas personas que podrían continuar este
“argumentario” desde una perspectiva más “experta” o creativa, según se mire.
No obstante, una idea resume bien todo lo anterior: todo el mundo
debería ver ‘Casablanca’. Es antigua, en blanco y negro, no hay apenas acción,
nada de sexo, ni efectos especiales ni escenas ‘gore’ o en incómodo 3D. Pero es
una película imprescindible: desde el punto de vista que queramos. E imprescindible también hoy, ya que su mensaje no envejece. David Denby,
crítico de cine en The New Yorker, afirmó que “Casablanca es la película más social
y sociable jamás realizada. Es la vida como una fiesta interminable”.
Más allá de eso, y sobre todo
tras conocer los sangrientos atentados que sacudieron recientemente París,
Casablanca es un canto a los valores que deberían inspirar toda convivencia
civilizada, entre ellos: libertad, igualdad y fraternidad. Un retrato del ocio (el Café de
Rick, los jugadores, la música, las conversaciones…), los proyectos (lo que
harán quienes pueden irse de Casablanca), de las relaciones humanas (Ilsa,
Rick, Victor…). En definitiva, y aunque en la película se reflejen situaciones
algo extraordinarias, de la vida. Es un compromiso firme frente a quienes quisieron en aquel momento, y quieren hoy en día, imponer la barbarie.
Por eso es algo más que una
película. Y por eso, como un gesto simbólico, no está de más volver a verla hoy.