sábado, 23 de agosto de 2014

Entre califatos y 'peshmergas'

       Las terroríficas imágenes de la decapitación del periodista estadounidense James Foley han dado la vuelta al mundo horrorizando a la opinión pública internacional y demostrando, una vez más, hasta dónde puede llegar el sadismo de un grupo terrorista. Ello se suma a las recientes informaciones sobre la acción del Estado Islámico (IS, anteriormente Estado Islámico de Irak y Levante) -el movimiento radical suní que aspira a la creación de un califato panislámico- que incluyen todo tipo de atrocidades contra la población civil y quienes consideran opositores. Dicho territorio estaría gobernado, a juzgar por las 'medidas' del IS, por la versión más sectaria del Islam y seguidora de las interpretaciones más integristas de su doctrina. Parece evidente que está más que justificado que la comunidad internacional tome medidas, tanto diplomáticas como militares, pero humanitarias también respecto a los refugiados y civiles, para atajar la expansión del terror. El debate, que deberán resolver los expertos y no este blog, es el habitual: ¿qué medidas?

        Lo primero, no hay que pasar por alto que esta moderna horda de Gengis Khan en versión islamista -muy organizada, con amplios medios e implacable en sus campañas de comunicación mediante el uso del terror- no surge de la nada. A mediados del pasado junio el semanario británico 'The Economist' apuntaba en un editorial a que el IS tiene, en efecto, 'muchos padres'. Así, señalaba a los gobiernos turco e incluso al Sirio, el primero por la 'ligereza' con la que permitió el paso de rebeldes por sus fronteras con Siria, y al segundo, por los efectos indirectos de las excarcelaciones 'selectivas' de líderes yihadistas. Tampoco pasa por alto dos actores muy importantes en todo este panorama:

        Por una parte, el gobierno iraquí de Al -Maliki, quien abusando de su poder y beneficiando a 'su' etnia chií en detrimento al resto (en un país caracterizado no sólo su difícil gobernabilidad, sino por su complejo mosaico étnico y religioso como Irak), ha dado indirectamente motivos a los suníes para recelar de su gestión gubernamental. Un recelo que ha pasado de la protesta y el enfrentamiento político al levantamiento armado más brutal.

       No se libra de críticas el gobierno de Barack Obama, esta vez por 'comisión por omisión' tras su inacción ante las llamadas de auxilio por parte de Irak contra los yihadistas, y por la atropellada retirada de sus tropas de suelo irakí, necesaria pero quizás demasiado condicionada por el 'quedar bien' ante la opinión pública. También debería haberse controlado más a los Gobiernos de un país directamente invadido, en el que se pretendía instaurar una democracia 'a la occidental' que finalmente se ha traducido en inseguridad, enfrentamientos étnicos y un gobierno calificado por algunos como 'protodictador' y desde luego nada respetuoso con las minorías que conviven en su seno como buenamente pueden.

       A esto yo añadiría la arriesgada política de armar a los que consideraba 'rebeldes moderados' sirios -senadores republicanos como John McCain son tradicionales defensores de esta postura ya desde la guerra de Kosovo en 1999-. Aunque de primeras se venda como un apoyo indirecto a la causa que mejor pueda vender a la opinión pública (o la 'menos mala', según se mire), en la práctica es un arma de doble filo y nunca mejor dicho: no se sabe en manos de quién pueden acabar finalmente dichas armas, qué criterios califica a un bando de 'moderado' o, lo que es más grave, se puede entender como el otorgamiento de una 'carta blanca' a dicho bando y a las impredecibles acciones que éste pueda cometer. ¿Acaso se imaginaban quieres decidieron enviar armas a los rebeldes de la guerra en Libia -con el recelo de la OTAN- la ejecución a sangre fría del dictador Gadafi? ¿Países que reprueban la pena de muerte aceptarían -tácitamente claro- dicha acción al haberse 'lavado las manos' previamente'?

       De nuevo, vuelve a plantearse este debate en relación a los kurdos que combaten al IS. En este supuesto, los riesgos de armar a los 'interlocutores' -de una región rica y en cuyo territorio existen yacimientos de petróleo -no son quizás tan claros, y países como Francia o Italia ya se han mostrado partidarios de tal medida. España, hasta hace poco de vacaciones respecto a todo este asunto -ante un grupo terrorista entre cuyas reivindicaciones está 'Al-Andalus'- ha dicho que 'evaluaría' si se suma a esta posición. En medio, Iraq ha criticado la injerencia de EEUU en su territorio mediante bombardeos y recela de la entrega de armas a los kurdos sin su permiso. Y la política exterior de la UE, si es que eso existe como tal al margen de haber dado carta blanca para que cada Estado haga lo que quiera al respecto, contempla como sus Estados miembros se lanzan apresuradamente a entregar armas viejas de la guerra en Bosnia a los peshmerga -soldados- kurdos.

       El tiempo desvelará sus aciertos (esperemos) o errores en todo esto. Aunque la disparidad de intereses de los Estados de la UE hacen de un plan conjunto poco menos que una quimera, la brutal urgencia de la realidad y el peligro que entraña este 'monstruo de Frankenstein' armado hasta los dientes y ansioso por expandir su 'espacio vital' e imponer la sharía obliga a ponerse las pilas. A actuar antes de que el caballo de Atila impida que la hierba vuelva a crecer de nuevo por donde pasa. El cómo, se lo dejo a los expertos.


JFR


La foto es de 'The Economist' (número de la semana 14 a 20 de junio)

miércoles, 13 de agosto de 2014

La encrucijada de la autodeterminación



      Escocia, Cataluña, Québec, Córcega, el Kurdistán, la Padania italiana, Crimea... a pesar de sus diferencias territoriales y socio-políticas, comparten una característica: en su seno existen movimientos que, con mayor o menor apoyo social -o contundencia en sus reivindicaciones- apoyan la independencia de sus regiones respecto de los países a los que pertenecen. En la actualidad, fuerzas políticas y sociales independentistas en Escocia, Cataluña (ambas con sus respectivas 'consultas sobre la autodeterminación') y el Kurdistán (región que puede adquirir cierto protagonismo en estos instantes a raíz del avance del IS en Irak, al que los kurdos se enfrentan) están ganando un buen terreno en el debate político o incluso geoestratégico.

      Este debate, sin embargo, no es nuevo: el 'derecho a la libre determinación de los pueblos' (DLDP en adelante) ha sido uno de los motores del cambio geopolítico e histórico de la Historia contemporánea a lo largo del Siglo XX. Ya desde la reunificación de Italia o Alemania, pasando por el detonante de la I Guerra Mundial, o los movimientos de descolonización en los años 50-60, pueblos de todo el globo se han aferrado, en muy diversas situaciones y con resultados muy dispares, a la máxima de que “todos los pueblos tienen derecho a elegir su propio destino”.


      El Derecho y los Organismos Internacionales no han sido ajenos a esta realidad: ya la Carta de las Naciones Unidas en 1945, consagraba tal principio de DLDP. Y en pleno auge de los movimientos de descolonización, en 1960, la Resolución 1.514 (XV) de la Asamblea General (“Carta Magna de la Descolonización”) se encargó de apuntalarlo. En ella se intentan equilibrar, de forma prudente, el derecho a la libre determinación desde el rechazo a la explotación extranjera, con el respeto a la soberanía e integridad territoriales. A partir de entonces, los sucesivos movimientos de descolonización y las posteriores Declaraciones, como la Declaración sobre los principios de Derecho Internacional (Res. 2625- XXV, 1970) que formula el derecho a la autodeterminación como “deber de los Estados, derecho de los pueblos” han matizado de alguna forma tal principio.

      Así, en líneas generales, podría decirse que si bien está justamente reconocido el DLDP, también el principio de soberanía e integridad territorial de los Estados. Es decir, que los Estados deben preservar el derecho de sus pueblos a la libre determinación, pero desde el respeto a su unidad e integridad territoriales -excluyendo, entonces, la posibilidad de secesión del territorio de una parte del mismo-. Es lo que se ha denominado como 'faceta interna' del DLDP, y es la que existe en la mayoría de países democráticos del globo que, en mayor o menor medida, reconocen varias identidades nacionales, lenguas, culturas o incluso gobiernos propios de las regiones que los conforman. Se entiende la diversidad regional entonces como una riqueza indisociable al propio Estado en su conjunto: no se podría entender España sin Cataluña, Francia sin Bretaña o Canadá sin Québec, por citar ejemplos.

      Sin embargo, las demandas de algunos sectores van más allá: el DLDP, para ellos, sólo se entiende en su faceta externa, es decir, desde la ruptura tajante con el Estado. La legalidad internacional se "lava las manos' aquí remitiéndose a lo que establezca la legislación interna de los Estados. Sin embargo, el recorrido que tiene este argumento no es muy largo: sólo un país, Etiopía, y otro con matices, Sudán, admiten legalmente de forma expresa la posibilidad de independencia de sus regiones.

     No obstante, la realidad política se mueve mucho más rápidamente que las rígidas estructuras jurídicas, y es por ello que el Derecho Internacional ha 'construido' un concepto de 'secesión como remedio', bajo el cual podrían ampararse procesos independentistas que, a pesar de hallarse al margen de la legalidad vigente en sus respectivos países, tienen lugar en determinadas circunstancias que costaría no considerar como justificadas:

     - El primer supuesto sería la hipótesis del pueblo de un territorio que fue en el pasado Estado                         independiente, y posteriormente objeto de anexión forzosa por otro Estado. Es el caso de las repúblicas      bálticas, invadidas por la URSS en 1940: cuando proclamaron su independencia en 1990, tras la caída          de la Unión Soviética, ningún Estado la impugnó debido a tal justificación .

     -La segunda circunstancia sería la de un Estado constituido por dos o más pueblos distintos, en el que un      sistema político no democrático no fuese representativo del conjunto de la población; se habla entonces        de los pueblos oprimidos por genocidio, violación masiva de sus derechos o discriminación política grave      y/o sistemática. La lista aquí abarcaría casos como Bangladesh, además de plantear la inclusión de otros        como Tíbet, Chipre, etc.

      Fuera de estos supuestos, defender legalmente la independencia de una región de forma unilateral, sin contar con acuerdos entre la región en cuestión y el Gobierno central del Estado, es prácticamente una quimera. Los asideros a los que se ciñen quienes sostienen dichas metas son de índole política (caso del Kurdistán) o político-económica (el caso Catalán, quizás con mayor componente político que el escocés, que muchos ven como una dicotomía entre defensa del Estado del Bienestar = Escocia / Políticas de recortes presupuestarios = resto del Reino Unido) pero pueden ser de los más variados y por supuesto respetables mientras se defiendan de forma civilizada. No obstante, resulta difícil sostener que regiones que gozan de un amplio bienestar económico y autonomía política como Québec, Escocia o Cataluña sean 'territorios oprimidos' al amparo del punto segundo que comenté anteriormente. Eso mejor se lo preguntan a los lamas tibetanos que sufren el acoso de una dictadura enemiga acérrima de las minorías, a los sudafricanos negros que padecieron las injusticias del apartheid hasta los 90 o a los chipriotas que ven su capital dividida desde hace más de 40 años... 

      La Corte Internacional de Justicia hizo en mi opinión un flaco favor al equilibro 'autodeterminación / integridad territorial' cuando en 2010 dictaminó, ante la independencia de Kosovo respecto de Serbia en febrero de 2008, que aquélla no era ilegal -a pesar de haberse efectuado de forma unilateral y sin respetar las disposiciones legales vigentes en la región, establecidas por las Naciones Unidas-. Entre estas, el establecimiento de un necesario proceso de transición democrática que, además de reconstruir el país, diese altas cotas de autogobierno a la región, pero respetando la integridad territorial de Serbia.
      La postura de la CIJ fue sostenida por la mayoría de países europeos (excepto algunos como España) y por los EEUU, quizás animados por los intereses geopolíticos que pudiera tener la zona. El sistema de administración internacional y los organismos de la ONU quedarían entonces en entredicho ante supuestos recientes como la secesión de Crimea,  -aprobada en referéndum por su población- cuya flagrante ilegalidad señalaron inmediatamente muchos de los países que precisamente habían bendecido la independencia kosovar. La coherencia aquí es fundamental y más cuando tu "rival", el Gobierno de Vládimir Putin, usa como justificante de sus posturas sobre Crimea tus posturas incongruentes.

       En definitiva, estos debates identitarios son complicados y pasionales, pero están en bandeja. Es el turno de que las fuerzas políticas defiendan posturas sensatas y que la sociedad civil (empresarios, grupos de interés) se movilicen para crear un argumentario lo más completo y maduro posible. Escocia, donde incluso hay debates televisados entre partidarios y detractores de una hipotética futura independencia, es una buena fuente de inspiración en este sentido. Las discusiones identitarias siempre han sido pasionales y hasta exaltadas, pero tenemos la oportunidad de canalizarlas de forma civilizada: escuchando opiniones, alejándose de posturas victimistas propias del nacionalismo más arcaico, negociando con altura de miras y pensando en las personas antes que en esos "espíritus del pueblo" tan difusos como a veces impuestos interesadamente. 

jueves, 7 de agosto de 2014

El 'modelo Viktoriano'


         Una de las consecuencias de las crisis económicas y políticas como la que vivimos en la actualidad es el auge de posturas y movimientos políticos que, al calor del malestar de la población, proponen alternativas al sistema actual y, en algunos casos, se caracterizan por sus visiones "exóticas" o incluso abiertamente radicales. Los ejemplos más recurrentes son quizás los numerosos partidos euroescépticos (o anti-Europa) que han proliferado a lo largo del continente: Le Pen en Francia, el UKIP en Reino Unido, Wilders en Holanda, etc.

      Aunque todos se diferencian bastante entre sí, yo veo en ellos varias similitudes 1) son interesantes desde el punto de vista político, pues suponen voces críticas que fomentan el debate -siempre que no sean violentos como el neonazi Amanecer Dorado en Grecia- y 2) muchas de sus propuestas ponen en entredicho el modelo de "democracia liberal" tal y como lo entendemos hoy en día. Sus diferencias se articulan en, básicamente, cuál es la alternativa que propone cada uno a dicho modelo.

       Existe también un caso que, sin llegar al extremismo de Le Pen o de Farage, sostiene posturas muy críticas con el modelo europeo y con la democracia en general desde su puesto de Primer Ministro.Intentaré exponerlo teniendo en cuenta lo cómodo que es hablar "desde fuera".

      Hablo del húngaro Viktor Orbán, quien lleva las riendas del país magiar desde 2010. Armado con una cómoda mayoría parlamentaria, este antiguo líder anticomunista ha virado desde entonces hacia un intenso nacionalismo conservador.Muestras de ello son la nueva Constitución aprobada en 2012, de signo marcadamente conservador (menciones a los fundadores de la Patria, a la familia y lo que considera 'valores tradicionales', etc.), o la larga lista de reformas legales llevadas a cabo en Hungría (reforma de la judicatura, mayor control de los medios y del Banco Central, apuntalar el poder del primer ministro disminuyendo el control parlamentario, etc.) Sus seguidores destacan en Orbán su liderazgo, así como su apoyo de los nacionales húngaros en el extranjero, la crítica al 'liberalismo' y al capitalismo y su defensa de valores tradicionales como el patriotismo. Ven en él un bastión contra los 'excesos de Bruselas' (a pesar de los fondos europeos que han ayudado durante años al desarrollo del país) y el adalid de la "independencia" del país. Mientras, sus detractores señalan el personalismo del primer ministro, su afán por el control del poder, la corrupción en las instituciones y la merma -apuntan- de calidad democrática. Algunos, en un juego de palabras, le han apodado 'Viktator'.

        Hace unos días, en un discurso pronunciado en la frontera de su país con la vecina Rumanía, Orbán señaló la necesidad de 'romper con dogmas europeos occidentales' y calificó a su país de 'democracia no liberal' en el que, respetando los derechos humanos y las libertades, no se hace del liberalismo un valor sino que éste debería ser sustituido por una 'visión nacional' del Estado. Como ejemplos de países 'no liberales pero exitosos a escala global', citó nada menos que a China, Rusia, Singapur o Turquía.
Este modelo político que defiende Orbán es incierto, aunque de sus declaraciones parecen desprenderse sus ideas de "comunidad nacional" e identidad por encima del 'liberalismo individualista' y su defensa de lo que considera 'valores tradicionales', así como la importancia de un líder carismático (¿él mismo?) para llevarlo a cabo.
La situación actual parece ser idónea para el éxito de visiones como ésta. La imagen de político fuerte que proyecta es sin duda una de sus bazas, en una época en la que el liderazgo -un valor que se debería cuidar entre otras cosas para prevenirse precisamente del surgimiento de caudillos populistas al estilo Le Pen- parece estar de capa caída. La falta de un discurso ideológico que le haga frente más allá del técnico/económico también puede atraer a potenciales seguidores.

     Para quienes no comparten (y me incluyo aquí) este 'modelo viktoriano' de democracia 'no liberal' sino 'nacional', el surgimiento de líderes como Orbán debe verse no como un problema sino como una oportunidad para defender los valores realmente democráticos y europeos a pesar de los errores en los que éstos (al igual que el modelo de Unión Europea) puedan caer. Parece curiosamente resultar más difícil sostener esto hoy en día, que discursos 'alternativos' como el que comento en este artículo. Hay que ponerse las pilas en liderazgo, hacerse presentables al ciudadano con más autocrítica desde la clase dirigente, atreverse a bajar a la arena ideológica -y no sólo técnica- sin caer en el idealismo. 
Con todo, bienvenida sea la discrepancia.

JFR