Realizar
un balance de cualquier año es algo complejo y ambicioso a lo que,
sin embargo, se aventuran numerosos medios de comunicación, además
de analistas desde todos los puntos de vista: político, económico,
cultural...todo ello, aderezado con especiales anejos a los
periódicos, números extra de revistas, etc.
En
este blog no iremos tan lejos, pero sí que aprovecharemos el fin de
año para este post esbozando un balance de un año 2016
especialmente complejo, lleno de aristas y incertidumbres que auguran
un 2017 ante el que estaremos, como poco, expectantes.
Si
tuviéramos que poner un título a este año, probablemente la
Fundación del Español Urgente (FUNDEU) nos daría una pista, pues
no en vano eligió
ayer “populismo”
como palabra del año.
Y es que este 2016 ha sido testigo del surgimiento (o resurgimiento,
según se mire) de fuerzas políticas que, a lo largo del globo y
desde prismas ideológicos muy distintos, pueden catalogarse como
“populistas”, un término que no es inocente y que admite muchas
interpretaciones. Para Henri
Lévy,
implica “una confianza ilimitada en los recursos y en la capacidad
del pueblo, y desconfianza hacia todo aquello que podría (…)
diferir de su justa expresión”. Sin embargo, no todos lo conciben
así: Así, para Ernesto
Laclau,
es “una forma de pensar las identidades sociales, un modo de
articular demandas dispersas, una manera de construir lo político."
En
general, se ha usado dicho término de forma despectiva, y de hecho
buena parte de la clase política, los analistas y los ciudadanos
ignoraban o menospreciaban el potencial de discursos como el que
cobró fuerza las semanas antes del 23 de junio. Nadie se
imaginaba que la mayoría de votantes del Reino Unido decidiera, vía
referéndum, abandonar la Unión Europea, el proyecto al que este
país se encontraba irremediablemente vinculado -pero del que siempre
había recelado-. Tras una campaña sucia y demagógica, en la que no
faltó el asesinato de una diputada pro-remain, y en la que la prensa
sensacialista y el UKIP echaron abundante leña, triunfó la opción
que apostaba por la salida, revelando la importancia que tenían
temas como la seguridad, la inmigración o la identidad para el
electorado británico, el hábil uso (léase, si queremos,
manipulación) que hicieron de estos términos fuerzas reaccionarias
como el UKIP , y la pasividad de muchos jóvenes “pro-remain”,
que (muy legítimamente) prefirieron irse de festivales veraniegos a
ir a votar. Por encima de todo, una sociedad muy dividida por un
discurso envenenado, repleto de medias verdades y que apelaba a los
sentimientos, más que a la razón, de ese 52 a 48 que eligió un
futuro fuera de la UE para las nuevas generaciones.
Una
gran noticia, desde luego, para fuerzas políticas como el Frente
Nacional en Francia, que espera impaciente las elecciones
presidenciales de 2017 tras 'derechizar' al conservadurismo francés
tradicional. O también, para gobiernos como el polaco o el
húngaro, encabezados por partidos fuertemente nacionalistas, que
han planteado medidas como la creación de Fuerzas paramilitares,
renegado de la democracia liberal, e, incluso, cambiado las
Constituciones su a imagen y semejanza, como ya sucediera en 2010 con
Hungría. Medidas que, evidentemente, han sido vistas con
preocupación en las instituciones europeas.
También
en nuestras antípodas geográficas, el nuevo presidente filipino,
Rodrigo Duterte, se ha jactado de recurrir a asesinatos y fuerzas
paramilitares para atajar el tráfico de drogas, abogando
públicamente por el exterminio de los drogadictos y rechazando
cualquier legislación sobre derechos humanos.
El mes
de noviembre también sorprendió a la opinión pública
internacional con la victoria del candidato Donald Trump en
las elecciones a la Casa Blanca. Tras una campaña en la que no
faltaron insultos, descalificaciones personales, comentarios
xenófobos y machistas o, incluso, críticas a militares fallecidos,
el multimillonario de tez anaranjada que defendía políticas
proteccionistas en lo económico, aislacionistas en la política
exterior, la expulsión de los musulmanes, el uso de la tortura, y
que se jactaba de haber defraudado a Hacienda durante años, salió
-aunque no en votos populares- vencedor. De nuevo, un discurso
emocional que ha calado en millones de ciudadanos, ante la
perplejidad de los otros millones atemorizados al imaginarse a aquél
republicano del tupé que escandalizó incluso a la muy conservadora
cadena Fox, tomando las riendas del país más poderoso de la Tierra.
Diciembre,
sin embargo, daría un respiro en Austria, donde el
candidato Van der Bellen, independiente aupado por el partido Verde,
derrotaría por estrecho margen al ultranacionalista Hofer, en una
repetición electoral que puso en vilo, sobre todo, al electorado
urbano del país alpino. Sin embargo, el mismo día el gobierno
italiano perdía el referéndum que había convocado en relación con
una ambiciosa reforma electoral e institucional. Una figura, el
referéndum, que ha tenido gran protagonismo este año, no sólo en
el ya mencionado Brexit, sino también con el planteado
en Colombia en relación con la firma de la paz con
las FARC, cerrando así un conflicto de casi cinco décadas y que, a
pesar del apoyo recibido a nivel internacional, no convenció a una
mayoría de votantes que lo tumbaron por un estrecho margen.
Otro
aspecto de 2016 que nos estremeció a todos fueron los
diversos crímenes terroristas sucedidos en el
aeropuerto de Bruselas, el 14 de julio en Niza, el atentado en un
club gay en Orlando -el mayor sucedido en suelo estadounidense desde
el 11-S, o el reciente en Berlín. Todos ellos han sido reivindicados
por el DAESH, un grupo insurgente sunní que, desde su visión
radical y expansionista del islam, ha conquistado desde mediados de
2014 amplios territorios en Oriente Medio, aunque en la actualidad
haya perdido buena parte de éstos.
Precisamente
desde Oriente Medio, y concretamente desde Siria, nos
llegan las que quizás sean las imágenes más duras de este año. Un
conflicto que empezó con protestas ciudadanas contra el régimen de
Bashar el Assad, y que se ha ido recrudeciendo desde 2012, cobrando
especial fuerza en él las facciones más radicales de los rebeldes
-así como grupos yihadistas y el propio DAESH, aupados por gobiernos
como el Saudí, al que medio “Occidente” rinde pleitesía-. A
finales de este año la ciudad de Alepo volvía a manos del gobierno
sirio, mientras la Rusia de Putin se anotaba un tanto diplomático
por haber salvaguardado sus intereses, aun a costa de miles de vidas,
hospitales y escuelas que poco parecen importar al autócrata del
Kremlin mientras defienda su buena relación con el carnicero alauí.
Volvían
a la memoria colectiva nombres como Sarajevo o Ruanda, y se reabría
el debate sobre la “responsabilidad
de proteger”,doctrina
que ya adoptara desde mediados de los 2000 la ONU, en relación a las
acciones de la comunidad internacional sobre los Estados que no
protegieran a su población. Responsabilidad de proteger ¿a qué
precio? ¿con qué medios, además de los militares, si se aceptan?
Entretanto, millones
de refugiados (la mayor cifra desde la Segunda Guerra
Mundial) han huido de la persecución y las múltiples guerras,
muchos de ellos a las fronteras de Europa. Una Europa que tiene aquí
una oportunidad -y a la vez, un enorme desafío, en el que están
sobre la mesa cuestiones como las políticas de integración o el
carácter multicultural de nuestras sociedades- para poner en
práctica, no sólo sus obligaciones legales -pues son muchos los
convenios internacionales firmados respecto al deber de asilo, ya
desde el de Ginebra en 1951-, sino también los valores fundamentales
que la constituyen, enraizados en la propia Historia colectiva del S
XX, todavía muy reciente.
Se
exige, a raíz de todo esto, un discurso en
favor de la coherencia en
materia de acción exterior, en relación con valores (como la
defensa de los derechos humanos) que debían estar también sobre la
mesa, además de los intereses puramente económicos o las buenas
relaciones diplomáticas. Por poner un ejemplo quizás anecdótico
pero muy representativo: creíamos en los avances en las libertades
públicas, en la igualdad entre hombres y las mujeres, los derechos
del colectivo LGTB, la separación entre la Iglesia y el Estado o en
la tolerancia hacia el diferente, pero el gobierno italiano decidió
tapar esas estatuas que nos regalaron el Renacimiento y la Razón
ante la visita de el presidente de Irán, uno de los países que más
profundamente despreciaba tales valores. Menos mal que aún
nos quedaba París para recordarnos que hay aspectos que no
son negociables.
Ya
centrándonos en España, se conseguía formar Gobierno
tras meses de negociaciones interminables, vetos mutuos, y repetición
de elecciones incluida, que arrojó unos resultados similares a los
comicios navideños de 2015, si bien con un ligero repunte del
bipartidismo. Sin embargo, la correlación de fuerzas resultante
imponía alcanzar acuerdos y ceder, en una cultura del pacto por la
que muchos electores abogaban. 2016 cierra, en una España ajena -y
esto es algo que celebrar- a discursos xenófobos o
ultranacionalistas, con un panorama incierto, en el que el Gobierno
se verá obligado a aprobar medidas -como la subida del SMI, la
eliminación de algunos aspectos polémicos en materia de educación,
o acciones sobre la pobreza energética- en las que la presión de
las demás fuerzas políticas se hará patente.
Sacar conclusiones
de este 2016 es
muy complejo. En relación al fenómeno populista, muchas
instituciones y analistas llevan advirtiendo de las profundas
desigualdades que
genera la globalización -que se han acrecentado con la crisis
económica en lo últimos años- y sobre las que los gobiernos
deberían adoptar medidas, en forma de políticas públicas. El FMI
ya afirmaba, en un informe del
pasado diciembre (del que hablamos en este blog) que, si bien
la globalización “ofrece potenciales ganancias para
todos”, dicho potencial no será aprovechado sin “acciones
decisivas de los gobiernos” que “apoyen a quienes sufren los
daños colaterales”. También la OCDE y
el Banco
Mundial instaron a que los gobiernos adoptaran medidas en
relación con la lucha contra el fraude o los paraísos fiscales.
Asimismo, economistas como Dani Rodrik o Branko Milanovic
han alertado de
los peligros
que causa el aumento de la desigualdad en
las sociedades, en relación a la movilidad social, la igualdad de
oportunidades o la propia concepción de la democracia misma. Y con
ello, el auge del populismo y la banalización de la actividad
política.
En
mitad de todo ello, se encuentra una Unión Europea que
debe esforzarse por crear una narrativa que ilusione a la ciudadanía,
sobre todo, a las nuevas generaciones, pero que no olvide tampoco la
autocrítica. Una narrativa que debe aunar el recurso a la evidencia
y los datos,con el argumentario ideológico, que debe estar también,
y de nuevo, presente: durante los últimos años la lógica económica
o tecnocrática han pesado muy acusadamente, dejando de lado el
recurso al relato, a las ideas como pegamento fundamental que
apuntale el discurso político. Así, se defendían medidas "que
funcionaran", sin preocuparse de fundamentarlas o explicarlas a
una ciudadanía cada vez más crítica y preocupada por la realidad
política.
La
ideología no debe ser confundida con el partidismo o el sectarismo:
las decisiones políticas son ideológicas y no por ello debemos
rechazarlas per se. Y ello no obsta, tampoco, a que se dejen de lado
los aspectos económicos o legales que se hallan en cualquier
política pública. Pero sólo con los últimos no se ganará la
batalla de las ideas al populismo y, en general, a los movimientos
extremistas, que se hallan bien pertrechados de ellas, logrando
moldear hábilmente el debate público. En este ámbito las
instituciones tienen un papel muy importante a la hora de ejercer
“pedagogía política”.
Son
muchas las “promesas” pendientes para este 2017 que entra. Pero a
todos nos corresponde, desde nuestras posibilidades, contribuir a que
se cumplan.
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