domingo, 1 de enero de 2017

Un balance del complejo 2016

Realizar un balance de cualquier año es algo complejo y ambicioso a lo que, sin embargo, se aventuran numerosos medios de comunicación, además de analistas desde todos los puntos de vista: político, económico, cultural...todo ello, aderezado con especiales anejos a los periódicos, números extra de revistas, etc.

En este blog no iremos tan lejos, pero sí que aprovecharemos el fin de año para este post esbozando un balance de un año 2016 especialmente complejo, lleno de aristas y incertidumbres que auguran un 2017 ante el que estaremos, como poco, expectantes.

Si tuviéramos que poner un título a este año, probablemente la Fundación del Español Urgente (FUNDEU) nos daría una pista, pues no en vano eligió ayer “populismo” como palabra del año. Y es que este 2016 ha sido testigo del surgimiento (o resurgimiento, según se mire) de fuerzas políticas que, a lo largo del globo y desde prismas ideológicos muy distintos, pueden catalogarse como “populistas”, un término que no es inocente y que admite muchas interpretaciones. Para Henri Lévy, implica “una confianza ilimitada en los recursos y en la capacidad del pueblo, y desconfianza hacia todo aquello que podría (…) diferir de su justa expresión”. Sin embargo, no todos lo conciben así: Así, para Ernesto Laclau, es “una forma de pensar las identidades sociales, un modo de articular demandas dispersas, una manera de construir lo político."

En general, se ha usado dicho término de forma despectiva, y de hecho buena parte de la clase política, los analistas y los ciudadanos ignoraban o menospreciaban el potencial de discursos como el que cobró fuerza las semanas antes del 23 de junio. Nadie se imaginaba que la mayoría de votantes del Reino Unido decidiera, vía referéndum, abandonar la Unión Europea, el proyecto al que este país se encontraba irremediablemente vinculado -pero del que siempre había recelado-. Tras una campaña sucia y demagógica, en la que no faltó el asesinato de una diputada pro-remain, y en la que la prensa sensacialista y el UKIP echaron abundante leña, triunfó la opción que apostaba por la salida, revelando la importancia que tenían temas como la seguridad, la inmigración o la identidad para el electorado británico, el hábil uso (léase, si queremos, manipulación) que hicieron de estos términos fuerzas reaccionarias como el UKIP , y la pasividad de muchos jóvenes “pro-remain”, que (muy legítimamente) prefirieron irse de festivales veraniegos a ir a votar. Por encima de todo, una sociedad muy dividida por un discurso envenenado, repleto de medias verdades y que apelaba a los sentimientos, más que a la razón, de ese 52 a 48 que eligió un futuro fuera de la UE para las nuevas generaciones.

Una gran noticia, desde luego, para fuerzas políticas como el Frente Nacional en Francia, que espera impaciente las elecciones presidenciales de 2017 tras 'derechizar' al conservadurismo francés tradicional. O también, para gobiernos como el polaco o el húngaro, encabezados por partidos fuertemente nacionalistas, que han planteado medidas como la creación de Fuerzas paramilitares, renegado de la democracia liberal, e, incluso, cambiado las Constituciones su a imagen y semejanza, como ya sucediera en 2010 con Hungría. Medidas que, evidentemente, han sido vistas con preocupación en las instituciones europeas.
También en nuestras antípodas geográficas, el nuevo presidente filipino, Rodrigo Duterte, se ha jactado de recurrir a asesinatos y fuerzas paramilitares para atajar el tráfico de drogas, abogando públicamente por el exterminio de los drogadictos y rechazando cualquier legislación sobre derechos humanos.

El mes de noviembre también sorprendió a la opinión pública internacional con la victoria del candidato Donald Trump en las elecciones a la Casa Blanca. Tras una campaña en la que no faltaron insultos, descalificaciones personales, comentarios xenófobos y machistas o, incluso, críticas a militares fallecidos, el multimillonario de tez anaranjada que defendía políticas proteccionistas en lo económico, aislacionistas en la política exterior, la expulsión de los musulmanes, el uso de la tortura, y que se jactaba de haber defraudado a Hacienda durante años, salió -aunque no en votos populares- vencedor. De nuevo, un discurso emocional que ha calado en millones de ciudadanos, ante la perplejidad de los otros millones atemorizados al imaginarse a aquél republicano del tupé que escandalizó incluso a la muy conservadora cadena Fox, tomando las riendas del país más poderoso de la Tierra.

Diciembre, sin embargo, daría un respiro en Austria, donde el candidato Van der Bellen, independiente aupado por el partido Verde, derrotaría por estrecho margen al ultranacionalista Hofer, en una repetición electoral que puso en vilo, sobre todo, al electorado urbano del país alpino. Sin embargo, el mismo día el gobierno italiano perdía el referéndum que había convocado en relación con una ambiciosa reforma electoral e institucional. Una figura, el referéndum, que ha tenido gran protagonismo este año, no sólo en el ya mencionado Brexit, sino también con el planteado en Colombia en relación con la firma de la paz con las FARC, cerrando así un conflicto de casi cinco décadas y que, a pesar del apoyo recibido a nivel internacional, no convenció a una mayoría de votantes que lo tumbaron por un estrecho margen.

Otro aspecto de 2016 que nos estremeció a todos fueron los diversos crímenes terroristas sucedidos en el aeropuerto de Bruselas, el 14 de julio en Niza, el atentado en un club gay en Orlando -el mayor sucedido en suelo estadounidense desde el 11-S, o el reciente en Berlín. Todos ellos han sido reivindicados por el DAESH, un grupo insurgente sunní que, desde su visión radical y expansionista del islam, ha conquistado desde mediados de 2014 amplios territorios en Oriente Medio, aunque en la actualidad haya perdido buena parte de éstos. 
Precisamente desde Oriente Medio, y concretamente desde Siria, nos llegan las que quizás sean las imágenes más duras de este año. Un conflicto que empezó con protestas ciudadanas contra el régimen de Bashar el Assad, y que se ha ido recrudeciendo desde 2012, cobrando especial fuerza en él las facciones más radicales de los rebeldes -así como grupos yihadistas y el propio DAESH, aupados por gobiernos como el Saudí, al que medio “Occidente” rinde pleitesía-. A finales de este año la ciudad de Alepo volvía a manos del gobierno sirio, mientras la Rusia de Putin se anotaba un tanto diplomático por haber salvaguardado sus intereses, aun a costa de miles de vidas, hospitales y escuelas que poco parecen importar al autócrata del Kremlin mientras defienda su buena relación con el carnicero alauí.

Volvían a la memoria colectiva nombres como Sarajevo o Ruanda, y se reabría el debate sobre la “responsabilidad de proteger”,doctrina que ya adoptara desde mediados de los 2000 la ONU, en relación a las acciones de la comunidad internacional sobre los Estados que no protegieran a su población. Responsabilidad de proteger ¿a qué precio? ¿con qué medios, además de los militares, si se aceptan?

Entretanto, millones de refugiados (la mayor cifra desde la Segunda Guerra Mundial) han huido de la persecución y las múltiples guerras, muchos de ellos a las fronteras de Europa. Una Europa que tiene aquí una oportunidad -y a la vez, un enorme desafío, en el que están sobre la mesa cuestiones como las políticas de integración o el carácter multicultural de nuestras sociedades- para poner en práctica, no sólo sus obligaciones legales -pues son muchos los convenios internacionales firmados respecto al deber de asilo, ya desde el de Ginebra en 1951-, sino también los valores fundamentales que la constituyen, enraizados en la propia Historia colectiva del S XX, todavía muy reciente.

Se exige, a raíz de todo esto, un discurso en favor de la coherencia en materia de acción exterior, en relación con valores (como la defensa de los derechos humanos) que debían estar también sobre la mesa, además de los intereses puramente económicos o las buenas relaciones diplomáticas. Por poner un ejemplo quizás anecdótico pero muy representativo: creíamos en los avances en las libertades públicas, en la igualdad entre hombres y las mujeres, los derechos del colectivo LGTB, la separación entre la Iglesia y el Estado o en la tolerancia hacia el diferente, pero el gobierno italiano decidió tapar esas estatuas que nos regalaron el Renacimiento y la Razón ante la visita de el presidente de Irán, uno de los países que más profundamente despreciaba tales valores. Menos mal que aún nos quedaba París para recordarnos que hay aspectos que no son negociables.

Ya centrándonos en España, se conseguía formar Gobierno tras meses de negociaciones interminables, vetos mutuos, y repetición de elecciones incluida, que arrojó unos resultados similares a los comicios navideños de 2015, si bien con un ligero repunte del bipartidismo. Sin embargo, la correlación de fuerzas resultante imponía alcanzar acuerdos y ceder, en una cultura del pacto por la que muchos electores abogaban. 2016 cierra, en una España ajena -y esto es algo que celebrar- a discursos xenófobos o ultranacionalistas, con un panorama incierto, en el que el Gobierno se verá obligado a aprobar medidas -como la subida del SMI, la eliminación de algunos aspectos polémicos en materia de educación, o acciones sobre la pobreza energética- en las que la presión de las demás fuerzas políticas se hará patente.

Sacar conclusiones de este 2016 es muy complejo. En relación al fenómeno populista, muchas instituciones y analistas llevan advirtiendo de las profundas desigualdades que genera la globalización -que se han acrecentado con la crisis económica en lo últimos años- y sobre las que los gobiernos deberían adoptar medidas, en forma de políticas públicas. El FMI ya afirmaba, en un informe del pasado diciembre (del que hablamos en este blog) que, si bien la globalización “ofrece potenciales ganancias para todos”, dicho potencial no será aprovechado sin “acciones decisivas de los gobiernos” que “apoyen a quienes sufren los daños colaterales”. También la OCDE y el Banco Mundial instaron a que los gobiernos adoptaran medidas en relación con la lucha contra el fraude o los paraísos fiscales. Asimismo, economistas como Dani Rodrik o Branko Milanovic han alertado de los peligros que causa el aumento de la desigualdad en las sociedades, en relación a la movilidad social, la igualdad de oportunidades o la propia concepción de la democracia misma. Y con ello, el auge del populismo y la banalización de la actividad política.

En mitad de todo ello, se encuentra una Unión Europea que debe esforzarse por crear una narrativa que ilusione a la ciudadanía, sobre todo, a las nuevas generaciones, pero que no olvide tampoco la autocrítica. Una narrativa que debe aunar el recurso a la evidencia y los datos,con el argumentario ideológico, que debe estar también, y de nuevo, presente: durante los últimos años la lógica económica o tecnocrática han pesado muy acusadamente, dejando de lado el recurso al relato, a las ideas como pegamento fundamental que apuntale el discurso político. Así, se defendían medidas "que funcionaran", sin preocuparse de fundamentarlas o explicarlas a una ciudadanía cada vez más crítica y preocupada por la realidad política.
La ideología no debe ser confundida con el partidismo o el sectarismo: las decisiones políticas son ideológicas y no por ello debemos rechazarlas per se. Y ello no obsta, tampoco, a que se dejen de lado los aspectos económicos o legales que se hallan en cualquier política pública. Pero sólo con los últimos no se ganará la batalla de las ideas al populismo y, en general, a los movimientos extremistas, que se hallan bien pertrechados de ellas, logrando moldear hábilmente el debate público. En este ámbito las instituciones tienen un papel muy importante a la hora de ejercer “pedagogía política”.

Son muchas las “promesas” pendientes para este 2017 que entra. Pero a todos nos corresponde, desde nuestras posibilidades, contribuir a que se cumplan.






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