viernes, 9 de diciembre de 2016

Los bolcheviques del FMI

Uno de los conceptos que con más fuerza han entrado en el debate público, y sobre todo a raíz del auge de algunos movimientos políticos, es el de “perdedores de la globalización”. Con este término se alude a un heterogéneo conglomerado de sectores que, bien por falta de formación, incapacidad de aprovechar las oportunidades de la apertura de las economías o, en definitiva, por un amplio conjunto de circunstancias adversas (desempleados de edad avanzada, desconocimiento de idiomas, falta de adaptación a cambios tecnológicos, minorías sociales en algunos mercados, etc) no han podido subirse al tren de la globalización.

Indudablemente, el proceso globalizador ha supuesto, en todos los ámbitos, una revolución en la forma de concebir el mundo, tanto a nivel sociopolítico (sociedades más diversas, multiculturalismo) económico (economías interconectadas, importancia clave del comercio), financiero (pensemos en lo rápido que sufrió el mundo la crisis de las “hipotecas subprime”) o cultural, por citar algunos de los aspectos más relevantes. Ello se ha traducido en sociedades más abiertas, más dinámicas, con mayores oportunidades y un nivel más alto de calidad de vida, en el marco de esta denominada “aldea global”. Por ejemplo, a nivel global la renta han aumentado desde 1990, se ha reducido la pobreza extrema (sobre todo en regiones como Latinoamérica o el Sudeste Asiático) y la movilidad de personas supone un enriquecimiento muy valioso para todas las sociedades.

Sin embargo, la cuestión tiene muchas aristas. Según un artículo publicado recientemente por Maurice Obstfeld, consejero del Fondo Monetario Internacional, “durante el último cuarto de siglo, la economía global ha sufrido una transformación sísmica” debido, argumenta, al comercio y a los cambios tecnológicos y políticos. Precisamente este año el Foro de Davos – una reunión de marxistas- hablaban de una “Cuarta Revolución Industrial”, como fenómeno en el que describían -a raíz de la importancia de las innovaciones tecnológicas- unas sociedades con un número minoritario de trabajos de gran cualificación, y otra gran parte de sus poblaciones ocupadas en tareas de escasa índole.

Esta faceta de la globalización es importante. Ya en 2007, en un arrebato bolchevique, el propio FMI tituló un informe semestral como “Globalización y Desigualdad”, reconociendo a ésta como una parte importante de las agendas económicas. Así, según el FMI -que, como todos sabemos, es una institución nada favorable a la globalización y al capitalismo- entre 1990 y 2012 el Coeficiente de Gini, que mide la concentración de renta con valores de 0 -totalmente igualitario- y 1 -totalmente desigual-, ha aumentado para el conjunto de las economías avanzadas. En España, lo ha hecho del 0,32 de 2005 al 0,36 de 2012, un valor relativamente alto si lo comparamos con Italia (0,32) Francia (0,30) o Alemania (0,28). En esto, las clases medias han sido especialmente perjudicadas.

Para amortiguar estos efectos, el artículo reconoce -ya puño en alto- que “los países deben proteger y expandir las ganancias de la globalización a través de políticas que las redistribuyan de forma más equitativa”, entre las cuales menciona, más adelante “impuestos progresivos y políticas de transferencias de gasto” que -en línea con el pensamiento maoísta propio del Fondo- “deben jugar un papel en distribuir los beneficios económicos de la globalización más ampliamente”.

Además -en su línea abiertamente en guerra con el mundo financiero- señala que “necesitamos una coordinación internacional contra el fraude fiscal”. Ello toma el testigo de otra institución, también abiertamente comunista, el Banco Mundial, cuyo presidente abogaba, en 2015, por una recaudación de impuestos más equitativa, apostando por un “crecimiento inclusivo” que redujera las desigualdades. Ya la OCDE -trotskista- lleva hablando de “erosión de las bases fiscales y desplazamiento de beneficios” en relación con el traslado de empresas a lugares paradisíacos, fiscalmente hablando.

La globalización, concluye el artículo de Obstfeld -quizás tras haber cantado varias veces "La Internacional"- “ofrece potenciales ganancias para todos”, pero dicho potencial no será aprovechado, afirma, sin “acciones decisivas de los gobiernos” que “apoye a quienes sufren los daños colaterales”. Igual alguien se ha sorprendido de las afirmaciones de organismos -a los que se vinculaba con el capitalismo más feroz-, como las que citábamos en este artículo. ¿Un nuevo cambio de paradigma, quizás? 

Sea como fuere, ya va siendo hora de tener en cuenta esto en las agendas políticas, entre otras cosas, si no queremos más Le Pens.



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