Uno
de los conceptos que con más fuerza han entrado en el debate
público, y sobre todo a raíz del auge de algunos movimientos
políticos, es el de “perdedores de la globalización”.
Con este término se alude a un heterogéneo conglomerado de sectores
que, bien por falta de formación, incapacidad de aprovechar las
oportunidades de la apertura de las economías o, en definitiva, por
un amplio conjunto de circunstancias adversas (desempleados de edad
avanzada, desconocimiento de idiomas, falta de adaptación a cambios
tecnológicos, minorías sociales en algunos mercados, etc) no han
podido subirse al tren de la globalización.
Indudablemente,
el proceso globalizador ha supuesto, en todos los ámbitos,
una revolución en la forma de concebir el mundo, tanto a
nivel sociopolítico (sociedades más diversas, multiculturalismo)
económico (economías interconectadas, importancia clave del
comercio), financiero (pensemos en lo rápido que sufrió el mundo la
crisis de las “hipotecas subprime”) o cultural, por citar algunos
de los aspectos más relevantes. Ello se ha traducido en sociedades
más abiertas, más dinámicas, con mayores oportunidades y un nivel
más alto de calidad de vida, en el marco de esta denominada “aldea
global”. Por ejemplo, a nivel global la renta han aumentado desde
1990, se ha reducido la pobreza extrema (sobre todo en regiones como
Latinoamérica o el Sudeste Asiático) y la movilidad de personas
supone un enriquecimiento muy valioso para todas las sociedades.
Sin embargo, la cuestión tiene muchas aristas. Según
un artículo publicado recientemente por Maurice Obstfeld, consejero del Fondo
Monetario Internacional,
“durante el último cuarto de siglo, la economía global ha sufrido
una transformación sísmica” debido, argumenta, al comercio y a
los cambios tecnológicos y políticos. Precisamente este año
el Foro
de Davos –
una reunión de marxistas- hablaban de una “Cuarta Revolución
Industrial”, como fenómeno en el que describían -a raíz de la
importancia de las innovaciones tecnológicas- unas sociedades con un
número minoritario de trabajos de gran cualificación, y otra gran
parte de sus poblaciones ocupadas en tareas de escasa índole.
Esta
faceta de la globalización es importante. Ya en 2007, en un arrebato
bolchevique, el propio FMI tituló un informe semestral
como “Globalización
y Desigualdad”,
reconociendo a ésta como una parte importante de las agendas
económicas. Así, según el FMI -que, como todos sabemos, es una
institución nada favorable a la globalización y al capitalismo-
entre 1990 y 2012 el Coeficiente
de Gini,
que mide la concentración de renta con valores de 0 -totalmente
igualitario- y 1 -totalmente desigual-, ha aumentado para el conjunto
de las economías avanzadas. En España, lo ha hecho del 0,32 de 2005
al 0,36 de 2012, un valor relativamente alto si lo comparamos con
Italia (0,32) Francia (0,30) o Alemania (0,28). En esto, las clases
medias han sido especialmente perjudicadas.
Para
amortiguar estos efectos, el artículo reconoce -ya puño en alto-
que “los países deben proteger y expandir las ganancias de la
globalización a través de políticas que las redistribuyan de forma
más equitativa”, entre las cuales menciona, más adelante
“impuestos progresivos y políticas de transferencias de gasto”
que -en línea con el pensamiento maoísta propio del Fondo- “deben
jugar un papel en distribuir los beneficios económicos de la
globalización más ampliamente”.
Además
-en su línea abiertamente en guerra con el mundo financiero- señala
que “necesitamos una coordinación internacional contra el fraude
fiscal”. Ello toma el testigo de otra institución, también
abiertamente comunista, el Banco
Mundial,
cuyo presidente abogaba,
en 2015, por una recaudación de impuestos más equitativa, apostando
por un “crecimiento inclusivo” que redujera las desigualdades. Ya
la OCDE -trotskista-
lleva hablando de
“erosión de las bases fiscales y desplazamiento de beneficios”
en relación con el traslado de empresas a lugares paradisíacos,
fiscalmente hablando.
La
globalización, concluye el artículo de Obstfeld -quizás tras haber cantado varias
veces "La Internacional"- “ofrece potenciales
ganancias para todos”, pero dicho potencial no será
aprovechado, afirma, sin “acciones decisivas de los gobiernos”
que “apoye a quienes sufren los daños colaterales”. Igual
alguien se ha sorprendido de las afirmaciones de organismos -a los
que se vinculaba con el capitalismo más feroz-, como las que
citábamos en este artículo. ¿Un nuevo cambio de paradigma,
quizás?
Sea
como fuere, ya va siendo hora de tener en cuenta esto en las agendas
políticas, entre otras cosas, si no queremos más Le Pens.
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