domingo, 17 de diciembre de 2017

Cine y capital social

Confianza en quienes nos rodean. En eso debió pensar aquél Truman Burbank en “El Show de Truman” cuando, al salir de su casa como cada día, y tras caerle un foco del cielo, comenzó a sospechar de cuantos rodeaban su vida cotidiana: sus vecinos, amigos...hasta de su propia familia. También la confianza (a veces mezclada con el temor y la subordinación) era lo que inspiraba a la familia Corleone en la trilogía de “El Padrino” para poner en marcha sus ilícitos negocios. En lo que se apoyaban los vecinos de una aldea galesa en la -poco conocida pero genial- “El Inglés que subió una colina pero bajó una montaña” para conseguir que su bucólico pueblo apareciera en los mapas. O a lo que apelaba Gary Cooper en el clásico 'Solo ante el peligro' al pedir ayuda a sus conciudadanos, en una obra maestra que a pesar de los años transcurridos aún hoy en día se mantiene fresca y atractiva de ver.

El cine nunca ha rehusado abordar temas políticos desde una perspectiva de denuncia, constituyendo así una herramienta muy importante para afianzar la conciencia política de los espectadores. También lo ha hecho mostrando cuestiones sociológicas tan cotidianas como la interconfianza entre los grupos sociales, en especial los más básicos (la familia, los vecinos, etc.) Y, desde luego, ha usado situaciones variopintas para plantear conflictos que encierran un montón de debates interesantes.

Todas las películas que hemos mencionado antes comparten, salvando sus diferencias argumentales, el siguiente dilema, que podríamos plantear a grandes rasgos así: ¿tenemos en quién apoyarnos si necesitáramos ayuda?

¿Y si hoy nos hiciéramos la misma pregunta? Para responder, vamos a recurrir a un artículo de ‘El País Semanal’ del pasado julio de 2016. Este artículo  remite, a su vez,  a una encuesta anual de la empresa Gallup sobre la existencia y calidad de las redes sociales con las que pueden contar las personas en caso de enfrentarse a algún problema. Se preguntó a los encuestados lo siguiente: “si tuviera problemas, ¿cuenta con alguien en quien apoyarse?”. Un 79% de los encuestados contestó afirmativamente. En el caso de Nueva Zelanda, ese porcentaje aumenta hasta el 99%, (otra cifra positiva para este país situado a la cabeza la mayoría de rankings de índice de Desarrollo Humano y bienestar social, así como seguridad ciudadana y corrupción política, donde se sitúa en los puestos más altos en cuanto a escasez de corrupción). España, por su parte -aunque en este último aspecto tengamos mucho que mejorar- sale muy bien parada en cuanto al aspecto del “soporte social”, en el tercer puesto de dicho ranking (con un 96% de encuestados que responden afirmativamente a la cuestión anterior)

En el ámbito de la sociología, en relación con lo anterior, una abundante literatura ha desarrollado la idea de “tejido” o “capital social”, en la que destacan Robert Putnam o James Coleman. El Programa para el Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD), señala que surge dicho tejido social cuando “el conjunto de redes personales, estructurales, formales y funcionales de iniciativas o asociaciones se constituye en un activo para los individuos y la sociedad, ya que les permite ampliar sus opciones y oportunidades para mejorar su calidad de vida.” Un estudio de la Fundación Alternativas de 2014 que menciona este concepto, añade que “el tejido social constituye el telar de valores y cultura de una sociedad donde el individuo participa para evitar su aislamiento y potenciar sus principales relaciones sociales, así como los valores de confianza y la solidaridad”.

En el caso de Truman o en el clásico de Fred Zinnemann (sin ánimo de spoilers), sus protagonistas no tenían tanta suerte: la apatía hacia los problemas sociales, el engaño colectivo, la desconfianza, un espíritu extremadamente individualista, o el miedo a ser castigados de alguna forma, son elementos que socavan las relaciones interpersonales, pero si vamos más allá, la propia participación política, el compromiso cívico (pues sólo podemos ponerlo en práctica en sociedad) o las propias ideas de ciudadanía o incluso de democracia se desmoronan.

Entonces, la existencia de un “capital social” fuerte es algo de lo que una sociedad debe sentirse orgullosa. En el caso de España, durante los momentos más duros de la crisis económica que estalló allá por 2008,  las familias, las ONGs y la sociedad civil han estado entre los actores que más han ayudado a resistir los embates más duros de la recesión (el paro y sus efectos, principalmente) y de las políticas de recortes presupuestarios en algunos servicios públicos, constituyendo un colchón muy importante en este aspecto. Sobre ello se pronuncia un informe de Cáritas y la Fundación FOESSA (que hace referencia a los años 2007 a 2013, durante la mayor agudeza de la crisis económica) según el cual la sociedad española se ha caracterizado “por una fuerte comunidad primaria especialmente familiar y también intensa en sus relaciones entre amigos y vecinos, junto con un tejido secundario débil y altas instituciones que no están conectadas con esa gran creatividad y dinamismo de la base social”. Sin embargo, afirma también que “el capital social está evolucionando en sus formas y muchas de estas son capaces de encauzar un modelo alternativo, acelerando esa recreación de redes, redescubrimiento de valores y regeneración de las instituciones”.

Ello contrasta con la escasa confianza que tienen los españoles hacia en el Gobierno, así como hacia la clase política, estando éstas junto con “la corrupción y el fraude” -entre las principales preocupaciones de los ciudadanos según las encuestas del CIS-. Al mismo tiempo, el nivel de asociacionismo de carácter político en España es escaso, en comparación con otros países de nuestro entorno sociopolítico, si bien la implicación hacia la política ha repuntado en los últimos años, reflejando un mayor interés hacia la misma, lo cual es muy positivo.


En definitiva, son datos interesantes a la hora de tener en cuenta las circunstancias sociales por las que atravesamos, destacando el incremento de la desigualdad y la pobreza.

Un tejido social fuerte repercute en todos los aspectos positivamente: mayor confianza interpersonal, terreno para cultivar virtudes cívicas como la participación ciudadana...todo lo opuesto a lo que sucedía en El Show de Truman, el clásico de Fred Zinnemann o en una sociedad propia de un 'western' en la que imperase el "sálvese quien pueda". Se trata, en definitiva, de un activo social que debemos cuidar, y los poderes públicos, potenciar.








Este artículo obtuvo el 3er puesto del I Concurso de Divulgación Política, en la modalidad de ensayo, organizado por la web Cámara Cívica



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