Santiago de Compostela, septiembre de 2011.
Es el “acto de bautizo” de los estudiantes de primero en un colegio mayor de la
ciudad, consistente en rociarles con una mezcla de leche, huevos y harina, para
así convertirles en “colegiales de pleno derecho”. Aunque el acto parece
ridículo, nadie se imaginaría que a algún “iluminado” se le ocurriera cambiar
la harina por sosa cáustica, un material muy corrosivo que se usa para hacer
jabón. El resultado, tres hospitalizados, uno a punto de sufrir daños irreversibles,
medio curso perdido. Y el iluminado en cuestión, sin descubrirse.
Cada septiembre, la vida universitaria
reabre sus puertas y a ella entran miles de nuevos estudiantes con una mezcla
de ilusión, nervios, miedo y optimismo, pues no será sino una de las mejores
etapas de sus vidas. Y cada año, se repite en muchas facultades, colegios
mayores y residencias universitarias la rancia tradición de las “novatadas”.
Básicamente, la “tradición” se resume en
que quienes lleven más años dentro de dicha vida universitaria puedan ordenar o
realizar casi todo tipo de actos con los de nuevo ingreso. Y digo casi todo
tipo, porque dado que la impunidad de
dichas acciones suele ser muy grande, los límites quedan, en la
práctica, al arbitrio de quien manda, o si preferimos, al de su sentido común. Esto
es difícil explicarlo desde un punto de vista racional. Pero sí podemos
establecer algunas de las claves de sus dinámicas y por qué es tan difícil
combatirlas, aunque se debería
En primer lugar, estas “tradiciones” están
sostenidas en la creencia de que los de primer año deben obedecer a quienes
lleven más tiempo (los “veteranos”). A primera vista, podríamos pensar que
muchos se negarán a realizar acciones que vayan en contra de su integridad o
que, simplemente, no les apetezca hacer. Pero luego, la presión del grupo, el
deseo de sentirse aceptado, la poca madurez que en general se tiene (pensemos,
por ejemplo, en el típico estudiante que con sus 18 años lleva a una ciudad
nueva, tiene que vivir en una residencia, conocer a gente, etc.) A ello se une
que es una “tradición” y que, como tal, es santificada por muchos, que
consideran que lo tradicional, aunque sea racionalmente indefendible y dañe a
terceros, debe continuar por sí mismo.
Por otro lado, hay quien sostiene que
dichas “novatadas” son voluntarias, pero esto es falso, pues no se es
totalmente libre de elegir: el no someterse a ellas puede suponer, en muchos
casos, el rechazo posterior por parte del resto del grupo. Así que muchos las
aceptan forzosamente, pensando en que así serán posteriormente admitidos, de
forma casi automática. Y como la presión social es muy fuerte, es más difícil
luchar contra los deseos internos: “ya pasarán”.
Además, otro de los pilares de estas
prácticas es la idea de que, cuando los nuevos sean ya “veteranos”, podrán
repetir contra los de primero cuando les llegue el momento. En muchas
ocasiones, de forma incluso más dura que las experiencias que ellos sufrieron,
lo que no deja de ser muy sorprendente. La creatividad o la mala fe juegan aquí
un papel muy importante. Como ya mencionamos, los límites a lo que puede
suponer una “novatada” son difusos, pues el sentimiento de impunidad juega a
favor del veterano, quedando el de primer año a su voluntad. Habrá quien
considere que beber una lata de cerveza de golpe es divertido, quien crea que vestirse
de flamenca ayuda a perder la vergüenza o que simular un atraco con un plátano
tiene su gracia. Pero también hay quien cree que apagar cigarrillos en la
espalda de otro, echarle productos abrasivos en los ojos, obligar a beber
media botella de whisky de trago, cantar canciones franquistas, o meterle la cabeza en agua hirviendo o en un
váter son acciones simpáticas, que "sirven para integrar” y ante las que todo
el mundo reacciona igual. Algunas novatadas podrían ser divertidas, y
hasta sanas, si todo el mundo tuviera un mínimo de cordura; pero la realidad es que, si se abre la puerta a ellas, siempre existirán abusos,
algunos muy graves. ¿Estaríamos dispuestos a sacrificar la integridad moral de
una persona –con las acciones que citamos anteriormente, por ejemplo- a cambio
de que 99 lo pasen bien?
A todo ello acompaña un sentimiento de
laxitud e impunidad. Las universidades, colegios mayores y residencias se han
declarado abiertamente en contra de estas prácticas, pero la realidad es que
son muy escasas las sanciones y rara vez superan alguna medida puntual tomada
con afán ejemplarizante pero que no pasa de lo simbólico. Alegan que no se
dispone de medios, y muchas veces es cierto (sobre todo respecto a grandes grupos de gente y fuera de las residencias, y nadie pide que se militaricen
los campus o las residencias para controlarlas) Pero, y sin dudar en ningún momento de la buena
fe y la profesionalidad de nadie, en muchos casos se podría poner más empeño en
perseguir tales “ritos” con mayor rigor.
En los últimos años, se han puesto en
marcha campañas de sensibilización, desde la Policía y los propios colegios mayores y residencias, así
como se han firmado manifiestos por parte incluso de los propios estudiantes. Antena3 emitió hace unos días un reportaje muy valiente y necesario sobre este tema,
así como otros medios de comunicación lo han tratado en artículos o entrevistas
a profesionales que luchan contra estas prácticas (exsiten asociaciones como ésta). Incluso el Senado aprobó por
unanimidad, en 2014, una moción que instaba al Gobierno a elaborar medidas
contra las novatadas en el ámbito universitario. Pero se avanza muy lentamente...
Las soluciones podrían salir de los
centros, de los estudiantes (quienes, en algún caso, decidieron poner fin a
estas prácticas, como hiciera hace décadas algún colegio mayor de la ciudad
universitaria madrileña), en definitiva, de la comunidad universitaria. Pero si
no fuera el caso, se deberá proceder a
la aplicación de sanciones, incluso de carácter penal, en los casos más graves.
Y es que el Código Penal considera delitos contra la integridad moral aquellos
tratos degradantes que menoscaben gravemente la integridad moral de otro,
previendo penas de prisión de seis meses a dos años.
Resulta triste que la imagen de los
universitarios y los colegios mayores o residencias quede manchada por estos
actos reaccionarios, casposos y propios de otras épocas. Pues son lugares que
fomentan actividades culturales, deportivas, charlas, debates, competiciones,
conciertos, obras de teatro y que, en definitiva, ayudan a integrar a las
nuevas generaciones de universitarios, creando un tejido social muy fuerte del
que toda la sociedad se beneficia. En algún momento se deberán abandonar estas
prácticas pues, entre otras razones, ¿no deberían estar los universitarios a la vanguardia de la sociedad?
1 comentario:
Muy buen artículo, desde luego poco se puede esperar (en cuanto a resultados, pero también en cuanto a tomar la iniciativa) de las propias instituciones en sí. En mi caso personal, supuso un simple cambio de nombre: juegos de integración. Las novatadas como tal son algo que no debería desaparecer porque son en cierta forma necesarias (y demandadas por la mayoría), pero en nuestras manos está el moderarlas y darles ese cariz de integración. El ejemplo del Chaminade al que te refieres (imagino) puede ser una fuente de inspiración. Donde las decisiones se toman en grupo entre novatos-veteranos quebrándose pues esa jerarquía corporativa que parece justificar todo atropello por el simple hecho de llevar más años sufriendo y realizando novatadas. Bravo por el artículo Julio, una elección valiente.
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