sábado, 8 de octubre de 2016

Una "tradición" que enterrar

Santiago de Compostela, septiembre de 2011. Es el “acto de bautizo” de los estudiantes de primero en un colegio mayor de la ciudad, consistente en rociarles con una mezcla de leche, huevos y harina, para así convertirles en “colegiales de pleno derecho”. Aunque el acto parece ridículo, nadie se imaginaría que a algún “iluminado” se le ocurriera cambiar la harina por sosa cáustica, un material muy corrosivo que se usa para hacer jabón. El resultado, tres hospitalizados, uno a punto de sufrir daños irreversibles, medio curso perdido. Y el iluminado en cuestión, sin descubrirse.

Cada septiembre, la vida universitaria reabre sus puertas y a ella entran miles de nuevos estudiantes con una mezcla de ilusión, nervios, miedo y optimismo, pues no será sino una de las mejores etapas de sus vidas. Y cada año, se repite en muchas facultades, colegios mayores y residencias universitarias la rancia tradición de las “novatadas”.
Básicamente, la “tradición” se resume en que quienes lleven más años dentro de dicha vida universitaria puedan ordenar o realizar casi todo tipo de actos con los de nuevo ingreso. Y digo casi todo tipo, porque dado que la impunidad de  dichas acciones suele ser muy grande, los límites quedan, en la práctica, al arbitrio de quien manda, o si preferimos, al de su sentido común. Esto es difícil explicarlo desde un punto de vista racional. Pero sí podemos establecer algunas de las claves de sus dinámicas y por qué es tan difícil combatirlas, aunque se debería

En primer lugar, estas “tradiciones” están sostenidas en la creencia de que los de primer año deben obedecer a quienes lleven más tiempo (los “veteranos”). A primera vista, podríamos pensar que muchos se negarán a realizar acciones que vayan en contra de su integridad o que, simplemente, no les apetezca hacer. Pero luego, la presión del grupo, el deseo de sentirse aceptado, la poca madurez que en general se tiene (pensemos, por ejemplo, en el típico estudiante que con sus 18 años lleva a una ciudad nueva, tiene que vivir en una residencia, conocer a gente, etc.) A ello se une que es una “tradición” y que, como tal, es santificada por muchos, que consideran que lo tradicional, aunque sea racionalmente indefendible y dañe a terceros, debe continuar por sí mismo.

Por otro lado, hay quien sostiene que dichas “novatadas” son voluntarias, pero esto es falso, pues no se es totalmente libre de elegir: el no someterse a ellas puede suponer, en muchos casos, el rechazo posterior por parte del resto del grupo. Así que muchos las aceptan forzosamente, pensando en que así serán posteriormente admitidos, de forma casi automática. Y como la presión social es muy fuerte, es más difícil luchar contra los deseos internos: “ya pasarán”.

Además, otro de los pilares de estas prácticas es la idea de que, cuando los nuevos sean ya “veteranos”, podrán repetir contra los de primero cuando les llegue el momento. En muchas ocasiones, de forma incluso más dura que las experiencias que ellos sufrieron, lo que no deja de ser muy sorprendente. La creatividad o la mala fe juegan aquí un papel muy importante. Como ya mencionamos, los límites a lo que puede suponer una “novatada” son difusos, pues el sentimiento de impunidad juega a favor del veterano, quedando el de primer año a su voluntad. Habrá quien considere que beber una lata de cerveza de golpe es divertido, quien crea que vestirse de flamenca ayuda a perder la vergüenza o que simular un atraco con un plátano tiene su gracia. Pero también hay quien cree que apagar cigarrillos en la espalda de otro, echarle productos abrasivos en los ojos, obligar a beber media botella de whisky de trago, cantar canciones franquistas,  o meterle la cabeza en agua hirviendo o en un váter son acciones simpáticas, que "sirven para integrar” y ante las que todo el mundo reacciona igual. Algunas novatadas podrían ser divertidas, y hasta sanas, si todo el mundo tuviera un mínimo de cordura;  pero la realidad es que, si se abre la puerta a ellas, siempre existirán abusos, algunos muy graves. ¿Estaríamos dispuestos a sacrificar la integridad moral de una persona –con las acciones que citamos anteriormente, por ejemplo- a cambio de que 99 lo pasen bien?

A todo ello acompaña un sentimiento de laxitud e impunidad. Las universidades, colegios mayores y residencias se han declarado abiertamente en contra de estas prácticas, pero la realidad es que son muy escasas las sanciones y rara vez superan alguna medida puntual tomada con afán ejemplarizante pero que no pasa de lo simbólico. Alegan que no se dispone de medios, y muchas veces es cierto (sobre todo respecto a grandes grupos de gente y fuera de las residencias, y nadie pide que se militaricen los campus o las residencias para controlarlas) Pero, y sin dudar en ningún momento de la buena fe y la profesionalidad de nadie, en muchos casos se podría poner más empeño en perseguir tales “ritos” con mayor rigor.

En los últimos años, se han puesto en marcha campañas de sensibilización, desde la Policía y los propios colegios mayores y residencias, así como se han firmado manifiestos por parte incluso de los propios estudiantes. Antena3 emitió hace unos días un reportaje muy valiente y necesario sobre este tema, así como otros medios de comunicación lo han tratado en artículos o entrevistas a profesionales que luchan contra estas prácticas (exsiten asociaciones como ésta). Incluso el Senado aprobó por unanimidad, en 2014, una moción que instaba al Gobierno a elaborar medidas contra las novatadas en el ámbito universitario. Pero se avanza muy lentamente...

Las soluciones podrían salir de los centros, de los estudiantes (quienes, en algún caso, decidieron poner fin a estas prácticas, como hiciera hace décadas algún colegio mayor de la ciudad universitaria madrileña), en definitiva, de la comunidad universitaria. Pero si no fuera el caso,  se deberá proceder a la aplicación de sanciones, incluso de carácter penal, en los casos más graves. Y es que el Código Penal considera delitos contra la integridad moral aquellos tratos degradantes que menoscaben gravemente la integridad moral de otro, previendo penas de prisión de seis meses a dos años.


Resulta triste que la imagen de los universitarios y los colegios mayores o residencias quede manchada por estos actos reaccionarios, casposos y propios de otras épocas. Pues son lugares que fomentan actividades culturales, deportivas, charlas, debates, competiciones, conciertos, obras de teatro y que, en definitiva, ayudan a integrar a las nuevas generaciones de universitarios, creando un tejido social muy fuerte del que toda la sociedad se beneficia. En algún momento se deberán abandonar estas prácticas pues, entre otras razones, ¿no deberían estar los universitarios  a la vanguardia de la sociedad?

1 comentario:

Unknown dijo...

Muy buen artículo, desde luego poco se puede esperar (en cuanto a resultados, pero también en cuanto a tomar la iniciativa) de las propias instituciones en sí. En mi caso personal, supuso un simple cambio de nombre: juegos de integración. Las novatadas como tal son algo que no debería desaparecer porque son en cierta forma necesarias (y demandadas por la mayoría), pero en nuestras manos está el moderarlas y darles ese cariz de integración. El ejemplo del Chaminade al que te refieres (imagino) puede ser una fuente de inspiración. Donde las decisiones se toman en grupo entre novatos-veteranos quebrándose pues esa jerarquía corporativa que parece justificar todo atropello por el simple hecho de llevar más años sufriendo y realizando novatadas. Bravo por el artículo Julio, una elección valiente.